22 de enero de 2018

Los odiadores privados

Homero Carvalho Oliva

En un artículo de Javier Marías, titulado El peor de todos los tiempos, recogido en el libro Mano de sombra (Alfaguara, 1977), el novelista y periodista español pone en evidencia “un panfleto” contra él y no se resiste a celebrarlo ante sus lectores. El artículo habla de sus más de 25 años como escritor y afirma que, a lo largo del tiempo, alguna gente ha tenido la bondad de concederle algunos premios y que muchas son las críticas que ha recibido, “en general más positivas que negativas. Tampoco me han faltado ni me faltan enemigos entre mis colegas escritores, en la prensa, entre críticos, editores…”, yo agregaría que estos enemigos están en cualquier actividad que realicemos, aunque ni siquiera nos conozcan.

Luego nos comenta que el libelista estaría en condiciones de demostrar “falísimamente” que es “el peor escritor de todos los tiempos”, no de su generación, ni siquiera de España, sino de “todos los tiempos”, asimismo y escrito en “tono furibundo e histérico”, tal como escriben los que creen que su misión en el mundo es odiar al otro; sin duda alguna un exceso contra el autor de Vida de fantasma, Los enamoramientos y otras obras que han estado en la lista de los mejores libros. Sigue informándonos que el ejecutor de la infamia intentó acercarse para pedirle algunos favores. Recuerdo que, cierta vez, una persona buscó a mi padre para contarle que un fulano estaba hablando mal de él; mi padre, sonriendo, le respondió: “Qué raro, no recuerdo haberle hecho ningún favor”. Acuérdense de los que han ayudado y luego les sacan el cuero.

El infamador no solamente acusa a Marías “de todo tipo de “aberraciones sintácticas, gramaticales, estilísticas y narrativas”, sino que, como siempre lo hacen estos sujetos, se mete con su familia y sus amigos. Me trajo recuerdo a las habladurías que recibimos cuando logramos algún éxito por muy efímero que sea, ya sabemos que para esta gente el éxito es imperdonable y esos embustes ahora en las redes sociales han tomado el muro de los canallas. Para concluir, Marías ironiza contra “el espíritu burocrático, cuadriculado y antiliterario” del libelista y concluye: “Pero en fin, comprendo que no se puede tener todo. Ya me doy con un canto en los dientes de haber conseguido, al cabo de un cuarto de siglo, la condecoración mayor a que todo escritor aspira: un odiador privado”. Lo mejor es ignorarlos, no hay nada que odien más que vernos felices y hacerles algún favor de vez en cuando.

*Publicado originalmente en periódico El Deber (Bolivia) 22/1/2018
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21 de enero de 2018

Muchas señales juntas

Pablo Cingolani

El frío te cortejaba desde un inicio: es bueno cuando la emprendes con la montaña. Cuando caminas, tu cuerpo se activa: tu mente deja de acosarte. Al producirse ese fenómeno tan positivo, te olvidas del cuerpo: los sentimientos te inundan. Subes, leve, sin otro acecho que el de abrirte a lo contingente, navegar en lo áspero hasta que la belleza irradie tanto que ya no puedas sino rendirte a ella.

Es cuando sientes que la mente no solo dejó de sitiarte, sino que la has vencido, la has sepultado en algún abismo, ya se te olvidó que la olvidaste, y sigues subiendo, cada más leve, buscando esas señales y maravillas que sólo pueden brindarte el agua abandonada de las oquedades de los cerros, agua de lluvia que resistió allí para que te limpies de regocijo al contemplarla, tan quieta, tan silenciosa, tan llena de mensajes: voces, voces que desconoces, voces que fertilizan tu ascenso, voces que van encendiendo tu marcha.

Es entonces donde llega el momento del despliegue, de la disposición sincrónica de todos los elementos de la naturaleza, la conjugación precisa entre vos y los cerros: rompes la línea cautiva del horizonte y lo liberas. El horizonte se ensancha, la mirada se profundiza, el cielo comienza a envolverte, lo empiezas a tocar con las manos, lo empiezas a acariciar con tu corazón.

Afuera y adentro. Afuera y adentro se equilibran, todo cede, todo comienza a devenir ritmo, juego cósmico: algo que está más allá de toda duda, algo que es incapaz de fugar, algo que sólo te brinda la certeza del entusiasmo, la convicción de la vitalidad.

No cambiarías ese momento por nada en el mundo. Tampoco hace falta: es tan fuerte el aquí y ahora que vibras congelado y ardiendo en ese instante perpetuo, que se prolonga cada paso, mientras más asciendes, más lo sientes, mientras más efímero, más lo eternizas, más te eternizas: es energía pura, danzando.

Es la fuerza de la fe, que se desata. Es el final de todos los principios y es el principio de todos los finales, y eso sucede en segundos, y sucede a cada rato.

Huellas que vuelves a reencontrar: más señales. Pájaros que aunque estuvieron ausentes nunca habías olvidado. Un cactus que renació con el agua de las lluvias y sigue desmintiendo a la hostilidad, al miedo a esa hostilidad, a los sentimientos que no pueden ni mercarse ni abolirse, más allá de todas y cada una de esas hostilidades que buscan que te aplasten como ciegos hipopótamos cayendo desde una babel invisible, que las sientas lacerando tu piel, que te inmovilicen, que te defiendas o te maten.

Nada de eso existe, mientras te elevas. Sólo están las huellas, las rocas, el viento: las presencias verdaderas. No te hace falta más. Sientes la dicha del despojo, celebras la alborada del despojamiento: de reducir todo a una guía, una enseñanza, un motivo, un principio. Uno solo.

De no ceder a la tentación de confundirte en la confusión, de no enchufarte a los mil tentáculos de la electricidad, sus artificios, sus espejismos, sus tragedias. Vas cada vez más leve, enfrentando a todo lo aleve, lo fatuo, lo vano, lo que no resiste una canción de la piedra, lo que no oye el líquido rumor del arroyo, lo que no se escucha a sí mismo jamás y menos escucha al silencio, al agua abandonada, a los cerros y sus verdades inmemoriales, sus músicas, sus ceremonias secretas.

Son muchas señales juntas. Son tantas maravillas que se suceden. O las aceptas o mueres. O te convences o te desangras. O sientes o agonizas.

Estás a la noche en un helado páramo, debes conservar el fuego. Estás cruzando el río, debes llegar a la orilla. Estás en la mitad de tu vida. Simplemente: debes vivirla.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 21 de enero de 2018

Imagen: Emil Nolde

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19 de enero de 2018

La jungla / Cuadernos de Norteamérica

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Viajo en metro. Anochecida tarde de Vienna, Virginia. Muy pocas personas. Un hombre gordo, joven, me pregunta por mi país. Dice que, como miembro del ejército salvadoreño, vio videos de cómo se derrotó al Ché en Bolivia. Entrenamiento de contrainsurgencia. Se define como hombre de D’Aubuisson, el asesino. Su grupo se llamaba “La Jungla”.

Sonríe al contar que en la noche sacaban a la gente de sus casas. La llevaban al “Pozo” y allí la martirizaban. Después de decapitar reunían las cabezas en bolsas grandes para cocos. En la mañana, en camionetas por los mercados, arrojaban las bolsas en medio de la multitud. En un principio la gente corría a ellas, pensando que llevaban fruta. Luego se acercaban a reconocer los muertos…

En tres años de Estados Unidos encontré muchos exsoldados de El Salvador, “refugiados”. Casi todos eran criminales y se preciaban de serlo.

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Publicado en OPINIÓN (Cochabamba), 21/01/1992
Publicado en Le Coq En Fer , 14/9/2017

Fotografía: Escuadrones de la muerte de la Guardia Nacional de El Salvador
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El tiempo vuela

Pablo Cerezal

Te has acercado a mí mientras leía las noticias en la pantalla del ordenador. Me has derramado en el cuello el tintero en que tus labios mojan sus mejores versos. Saliva azul tatuando meandros en mi pecho. Al instante, sin previo aviso, has marchado a hacer no sé qué cosa. Contrariado, he regresado a las noticias. Mal escritas, alevosas, cicateras, dañinas. He decidido liarme un cigarro. El paquete de papel de fumar avisa, en su lomo: flying paper, papel volando -según me explica el traductor de Google-. Pues vaya, si lo sé no acudo a Google, que a esa conclusión me permite llegar mi desnivelado nivel de inglés. Liado el cigarro le he aplicado el soplo azul de una llama. De fósforo, que queda muy Bogart abandonado por la mujer que ama. Y es que así me siento, pero con menos estilo que Bogart. Al aplicar una profunda calada al cigarro se ha desprendido un escueto pedazo de papel, a media combustión, que ha ejecutado promiscua danza, a lo Nijinsky, en la atmósfera célibe del cuarto en que trabajo, tornando a cada momento más oscuro y leve, con sus piruetas de acróbata microscópico.

Al entrar tú, de nuevo, en la habitación, el flying paper ha decidido suicidarse, desde las alturas de una gravedad equívoca, contra el piso vertical de tu axila derecha. Allí, ha regalado opacidad a una gota de sudor que te buscaba las cosquillas. Mi lengua la ha exiliado de tu cuerpo, y mi paladar se ha envenenado de ceniza y deseo. Pero ha vencido la ceniza. Tú, de nuevo, has abandonado la estancia, marchando a hacer no sé qué otra cosa.

Entre masturbarme o seguir fumando, en esta ocasión, he elegido lo segundo, y seguir leyendo las noticias. Una, la más pequeña, la menos grandilocuente, ha reclamado mi atención: han descubierto que un español desaparecido hace 17 años vivía como ermitaño en una tienda de campaña situada en los alrededores de un pueblecito de la Toscana. Como aún te siento cerca pienso que es normal que el desaparecido se hubiese exiliado en la Toscana, que tiene nombre hembra y espigas de vello púbico surcándole los campos. Aunque la realidad, imagino, ha de ser más prosaica. Tal vez el citado español que quiso desaparecerse, fuese una suerte de Nostradamus ibérico. Seguro que, hace 17 años, ya pudo augurar a esta sociedad, leyendo las noticias, un futuro más negro que la ceniza del cigarro que consumo. Creo que por aquel entonces los teléfonos móviles no incorporaban GPS, y si lo hacían eran los demasiado caros, los que hoy, igual de caros -o más- han democratizado la idiocia del gasto banal y superfluo. Pero puedo asegurar, sin miedo a equivocarme, que nuestro Nostradamus patrio no disponía de ese tipo de aparatos. Así pudo marchar, libre y anónimo, para olvidar un mundo que ya no le necesitaba.

Huyó, desapareció, voló como lo hacen las noticias en pugna con la fugacidad de los días, como el flying paper con que me lío estos cigarros que saben a madrugada y fracaso. Pero los periódicos, hoy, carentes de profesionales comprometidos y sobrantes de intereses económicos, han de rellenar los huecos que dejan las bajas de las guerras del hambre, como bocas cariadas de niños que a nadie interesan salvo a sus padres muertos bajo los bombardeos de los daños colaterales, como casas que perdieron su familia en la guerra de las hipotecas dejándose extramuros la palabra hogar, como nóminas que perdieron sus cifras de pan de ayer para mejor amasar las hogazas de diseño integral de los potentados, como políticos que perdieron la razón desde el primer instante en que juraron poseerla como poseían el deseo inalienable de servir al pueblo, los periódicos, digo, a falta de informar, no vaya a ser que sus escasos lectores alcancen a comprender en qué mundo viven, han de rellenar los huecos con noticias que a nadie importan salvo, quizás, a mí, que le deseo al Nostradamus español la mejor de las suertes: que no le sigan buscando (parece que huyó, de nuevo, una vez descubierto), que le dejen recorrer la Toscana en libertad, como yo recorrería esta noche tu cuerpo si me dejasen. Si me dejases, pero es que siempre tienes cosas que hacer, y descubro que no has besado mi cuello, y que la axila que he lamido hace apenas unos instantes, era la que fulguraba en la pantalla del ordenador, anunciando un nuevo desodorante e impidiéndome la lectura de las noticias. Me refiero, ya saben, a esos pop-ups que amenazan con devorar el presente, esos anuncios que ocupan toda la pantalla y son hoy, ahora, ya, única noticia del pensamiento único: compra, si no quieres quedarte atrás o, en el mejor de los casos, flotando cual flying paper de cigarro a medio consumir.

Pienso en ese español clarividente, autoexiliado en los campos de la Toscana, y me da gana de abandonar las noticias y exiliarme en tu recuerdo, recorriendo mi piel con estos dedos que ya apenas sirven para merodear palabras, o para sostener cigarros a los que se les vuela el papel. Y es que hay noches en que hasta los objetos inanimados le rehúyen a uno.

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De INMEDIACIONES, 18/01/2018
Publicado en Sugiero Leer 19/01/2018
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Chuquiago. Deriva de La Paz

Miguel Sánchez-Ostiz

Contento y agradecido. Agradecido a su editora, Pilar Rubio porque ha creído en ese libro de patiperreo urbano por una ciudad que me seduce como ninguna hasta ahora; y contento porque salga en España la edición de un libro que se publicó el año pasado en Bolivia, con éxito, y que fue desdeñado aquí por motivos poco claros.

Para la edición española se han hecho las correcciones pertinentes porque el lector, obviamente, no es el mismo: no le vas a explica a un paceño obviedades y a un español no puedes dejarle in albis con detalles importantes que le resulten incomprensibles. Confío en ese libro porque su editora confía en él y porque está escrito con la pasión que contagia una ciudad y un mundo, La Paz, Bolivia, del que me siento inseparable. Espero que haya resultado, como me decían con sorna intútil hace años: «un libro muy tuyo».

Escribe la editora:

«Si hay una ciudad amada en las geografías vitales de Sánchez-Ostiz, sin duda es esta Chuquiago, el nombre aymara de la capital boliviana, a la que va y viene desde 2004. Una ciudad de barrocos excesos, de realidades inabarcables, de acumulativa humanidad que impregna sus calles como trazadas a cordel. Recuerda el autor que Gómez de la Serna la hubiera bautizado como cataclismática. Así son estas derivas por sus laberintos callejeros en medio de un griterío inacabable donde bulle la vida de sus habitantes, así como la de un puñado de personajes inolvidables. Aquí la realidad es pura fantasía, nos recuerda el autor, «¿para que inventarse mundos imaginarios si están en La Paz?». Pura vida.»


*Publicado originalmente en el blog del autor, Vivir de buena gana (15/01/2018)



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Hay una fiesta en mi cabeza

Aldo Alcota

1
Hay una fiesta en mi cabeza. De las buenas. Esas que jamás se olvidan. Pero no voy a invitar a nadie. Yo soy amo de esa fiesta. Mi único invitado. Bailo con la música que me gusta. Soy mi Dj, mi anfitrión, mi maestro, mi discípulo, mi santo, mi estrella del rock, del pop y del trap. Seré todo lo que quise ser y nadie me dirá nada. Lo siento. No están invitados a la fiesta que retumba en mi cabeza.  

2
Es mi party con mucho volumen y sólo yo escucharé esas canciones que aún no han salido al mercado discográfico. Cuando me mueva como bailarín de videoclip, me reiré de todos ustedes. Jamás estarán en mi pista de baile. Haré de mis horas fiesteras mi política de la indecencia, la brutalidad, la indiferencia hacia el mundo y la carcajada. Me beberé todas las botellas por haber. La desmesura no tendrá final. Y no filmaré nada para que nunca conozcan los detalles de mis fiestas. No subiré a YouTube mi diversión. Mis fiestas son mis fiestas. Mi cabeza es una discoteca privada. No quiero que me pidan nada. Quiero que me dejen tranquilo con mi ritmo.

3
Jalaré en una de mis fiestas las cenizas de Truman Capote. Será un regalo a mí mismo. Compraré las cenizas del escritor en la subasta de Julien’s Auctions y las esnifaré durante varios días. Tendré mucha energía para bailar. Como lo hacía Capote en Studio 54. Me convertiré en alguien incontrolable. Mis piernas no pararán. Llevaré sombrero y lentes oscuros como el autor de El arpa de hierba, uno de mis libros favoritos. Las cenizas de Capote irán de la cajita japonesa a mi nariz. A nadie le convidaré. Y saltaré como un ternero de dos cabezas. Seré diferente a todos. Son mis fiestas y quemaré con mi encendedor el dinero que encuentre a mi paso.

4
Me he convocado a una fiesta descomunal para celebrar mi triunfo como candidato a la presidencia del país. Los he engañado a todos y no podrá ir nadie a la fiesta del triunfo. Iré sin bañarme, enloquecido, sin documentos, con los zapatos llenos de polvo. Espero pisar caca de perro para que todo huela bestial y oiré un bucle electrónico.

5
Para que ninguno de mis votantes llore por no poder ir a mis fiestas, les regalaré sonidos de risas en bucle como premio de consuelo. Podrán disfrutarlo en sus casas y dormir tranquilamente sin problemas.

6
Voy a bailar dentro de mi cabeza como lo hacía Truman Capote junto a Marilyn Monroe, Liza Minelli y Grace Jones. Y comeré la bola de la discoteca como si fuera un melón. Trataré de ahogarme. Toseré con ganas y esa tos será escuchada en las pesadillas de los que nunca me escucharon. No los dejaré tranquilos.

7
Mis bailes son experimentos caseros. El que quiera imitar mis movimientos tendrá que pagar. Son mis derechos de autor. Con el dinero recaudado publicaré poesía cursi sobre mí. Nada me detendrá. Se van a comer mis libros con papitas fritas. Soy una fiesta todos los días del año. Me enamoro de mis fiestas. Cada una es un capítulo de una novela que sólo la escribo en mi cabeza. Las razones de mis fiestas son mis ganas de olvidarme de ustedes. Quiero muchos focos en mis fiestas. Repetiré cientos de veces la palabra fiesta hasta cansarme. Sí. Es importante lo que pasa en mi cabeza. Apuesto a que ustedes no pueden hacer las fiestas que yo hago. Todo en mi mente es festividad, festival de borrachera presidencial. Mi ley.

8
Dentro de mi cabeza, proyectaré las siguientes películas en pantalla gigante:
Meshes of the afternoon. Maya Deren. Estados Unidos. 1943.
Las margaritas. Věra Chytilová. Checoslovaquia. 1966.
Un perro andaluz. Luis Buñuel / Salvador Dalí. Francia. 1929.
Los olvidados. Luis Buñuel. México. 1950.
El unicornio. Louis Malle. Francia / Alemania. 1975.
Fausto. Jan Švankmajer. República Checa. 1994.
Las tres coronas del marinero. Raúl Ruiz. Francia. 1983.
Alicia o la última fuga. Claude Chabrol. Francia. 1977.
Miedo y asco en Las Vegas. Terry Gilliam. Estados Unidos. 1998.
El manuscrito encontrado en Zaragoza. Wojciech Jerzy Has. Polonia. 1965.
Los cantos de Maldoror. Shuji Terayama. Japón. 1977.

Se escucha hasta la madrugada:
hoy yo no quiero fumar regular, tráeme un kush que me haga sentir espectacular.

9
Les regalo una fiesta. Con mucha hamburguesas, pizzas, completos, bebidas, cervezas, platos de cartón y vasos de plásticos. He pensado en un gramófono. Que la fiesta tenga un aire nostálgico. Mis talones están a un nivel excepcional. Bailo mientras planeo un gran sabotaje contra ustedes.

10
Jamás tendrán las fiestas que hay en mi cabeza. No escucharán mi música y tampoco la  bailarán. No insistan.     


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Sainetes de hoy, tragedias de ayer

Roberto Burgos Cantor

La vida, ¿qué será lo que llamamos vida?, acoquina a los seres con las encrucijadas de sus anomalías y nos pone contra la pared, ese muro que, de no ser derrumbado, sostendrá nuestro cuerpo destruido por las espadas o las lanzas o las bombas; o dejará pasmados los restos de nuestra conciencia atiborrada de preguntas no respondidas. Sonajero de estruendo que repica en el funeral sin dolientes.
En tiempos así, quienes aún leen novelas y cuentos, se inmiscuyen en los bosques del poema, perciben algo que gratifica en cuanto espanta el sentimiento inerme de una impotencia sin defensa, y ponen a flote los poderes de la esperanza, el sentido transformador de la resistencia.
Consideraciones de estas surgían al verificar como el oleaje de la corrupción había roto, desde hace siglos, los diques de orden religioso, o moral, o legal con los cuales las comunidades preservaban una convivencia con menos sobresaltos y más acuerdos sobre las virtudes compartidas. Ese fondo humano que permanece en una limosna y en un negocio.
Por estos tiempos, de Dios y del Diablo, el acto corrupto, al ser descubierto tiene un despliegue de publicidad que a lo mejor nunca antes tuvo. Y de aquí se desprenden preguntas: ¿Qué conduce a personas que lejos de ser hijos de mala madre, contaron con el afecto de un hogar, el esfuerzo por permitir una educación de calidad, a arrojar ese acumulado de bondades para cubrirse de porquería?
La contestación es otra pregunta: ¿Qué pasa con la familia, la educación?
Mucho antes la sanción del delito se aplicaba según su cuantía. Amputar la mano, el brazo, la pierna, el pie, la cabeza. Es decir, el cuerpo como la mente interiorizaban el rechazo a lo indebido. Un mocho de por vida, un descabezado de por vida, eran un muestrario de vergüenza eterna.
Ahora, una sociedad que se mueve entre el hastío y la indiferencia, ve sin compasión las noticias. Apenas una leve reacción si el delincuente es el hijo del vecino, o el compadre, o el comprador de votos de la comarca. A lo mejor se dará cuenta que no hay asombro cuando aparecen las cuantías. Son inconcebibles y cuesta entenderlas.
La reacción es la misma. Cien mil años de prisión. Pena de muerte. Devolución de lo robado. Lágrimas de cocodrilo.
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Altiplano


Pablo Cingolani

Apenas sentí tu hechizo
Supe que me ampararías
Con tus labios de volcanes
Con tus senos de fértiles yaretas
Con tu vientre de oquedades
Vientos, amables desgarros

Nunca te temí. Tu voz
Tu canto de antiguas soledades
Pobladas de pukaras y vicuñas
Era más fuerte, atesoraba más soles
Que todas las palabras
Que jamás me animé a pronunciar
Tu voz era más luminosa
Que todos mis silencios

Siempre confié en vos
Siempre me acunaste
Elegí escuchar tus latidos
Esos que agasajabas en arenas ausentes
Que volvieron a retumbar
En el mar lejano y sin fin de los salares

Por allí, andaba el Germán, ese tu eco
Que clamaba y clamaba en medio de la noche
La más hostil, la más desdichada

Él, el centinela, el guardián, me enseñó a danzar
A elevarme, como los cerros
De toda esa miseria que busca
Demonios, domarnos, dormirnos, volvernos sin fasto
Sentirnos crueles, dejar de soñar

El, me enseñó del ajayu, desde su ajayu, tu ajayu
Del alma de las soledades, los silencios
El me contó de ese toro negro, bravo, ciego
Que en medio de lo blanco, de todo lo blanco
Del salar, arremete, busca sangre, enceguece

El me enseñó cómo enfrentarlo
Si vas a sufrir, sufre, me dijo, pero sufre hasta el final
Si vas a querer, quiere, pero quiere igual

Los que padecen a medias
Nunca saben que la desdicha
Es peor que morir, duele más que matar

Los que aman por la mitad
Nunca saben que el dolor
Si se empeña, si se atiza
Jamás se despeña. Te puede acabar.

Pablo Cingolani


Río Abajo, 18 de enero de 2018
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