21 de agosto de 2017

Elina Regina y la noche

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Parecía acabar a las 7:30, la noche. Juntamos los últimos pedazos del atún con ajonjolí. Nana Caymmi canta Solamente una vez, en español. Decidimos sin embargo incursionar en la subcultura norteamericana de las cosas de segunda mano. Teníamos 45 minutos para peinar el terreno todo. Comenzamos con vasos cerveceros, altos, delgados trepando a anchos. Hay hermosos vasos aquí, dice Armando y seguimos. Tropezamos con un poco algo de lo inimaginable. Sugerí que el mundo había cambiado, que las tiendas de segunda después del auge del internet se acabaron como centros de descubrimiento. No queda el asombro de levantar cuadros tirados y encontrarse con litografías de Isabey. Era, y alrededor también, otra época.

Enciendo el motor. Llovizna. El verde del capó se diluye en la noche. Si no fuese por la luz de los reflectores delanteros diría que volamos en una suerte de alfombra mágica. Y viene la pregunta de mi hermano, justo cuando tocan las nueve: ¿y te gusta vivir aquí?

Más de veinticinco años. Hay dos niñas que entraban ambas en mis brazos y que hoy discurren sobre historia y sociología mientras voy retrasándome, quedando atrás, en la despensa, en los anaqueles como un vaso cervecero cualquiera, etiquetado irlandés o bostoniano. Pero no he escrito todavía el libro que quiero. Discurro por el crimen de las últimas páginas y lavo la sangre igual a si se tratara de pintura. Leo a Leonardo Oyola, allí en Misiones, o Corrientes, y me hubiese gustado escribir así. Pero esa vitalidad para el eructo, el vómito hecho arte, no es que se haya perdido sino que pasó a segundo grado, de segunda -otra vez-, como tienda de basuritas.

Me gustaba; me gustó; ya no.

Sou caipira pirapora, vocaliza Elis Regina. Esta mujer más triste que la noche, más densa que la luna. Y la he elegido para acompañar el estrecho espacio entre las diez y medianoche, resquicio donde desaparece el infinito. Todo el día he estado rodeado de mujeres suicidas, de heroicas drogas que matan mujeres y de voces de mujer perteneciendo al futuro. Acaricio el revólver que Emilio Losada en la Sevilla asqueada dice que cargo en sus sueños de poeta. Lo acaricio, lo giro, lo juego de yo-yo y lo disparo contra un espejo. El ruido del cristal imita llanto; sollozo cuando se esparce ya cansado. Vuelvo a disparar y soplo el caño para creerme personaje de historieta. Elis Regina canta, o chora.

11:21. Todavía pesa el ron del domingo. Saber por qué fiesteamos. Porque no estábamos como los de arriba escapados de Siria incendiada ¿o sí? O los califas de extensa índole y corto pene ya no pueden alcanzarnos. Saludo a madre e hija armenias, vecinas sonrientes de piscina en Norteamérica, de hamburguesa justo al lado por 69 centavos. También sonreiría yo. Querría borrar para siempre las calles, los antepasados, el cerro Sinjar, los dioses. Luego de aquello nada, ni la tumba de mis padres ni la luna que goteaba sobre el cerro santo como tintura de cúrcuma.

11:23. Dos minutos. Una brújula cuelga debajo de llaves coloniales pueblerinas, recolectadas en intrascendentes excursiones. ¿Echaría atrás mi recuerdo como mis vecinos de arriba? Gritan los niños a veces y sobre la noche de la pradera gringa vuelve a correr el jinete sin cabeza. ¿O soy yo el que grito y el refugiado? El reloj apenas avanza y ya he disparado tres tiros. Arrojo los otros tres al basurero y observo las semillitas de ajonjolí que se pegan al bronce. Miro la oscuridad. Hasta el foco de la puerta de entrada se quemó. Sou caipira, insiste Elis, y le digo que lo mismo, que mi historia la inventaron para ponerme espaldas y hombros antes de lanzarme al ruedo.

Medianoche. Supuestamente el tiempo expiró. El primer minuto deduzco ser el de la muerte, pero a las doce y tres sigo enfrente del ordenador y el gmail apila fotos y nombres de novias en los extremos del mundo que se ofrecen para venir a compartir el lecho de un barbado canoso, que no viejo, que no. A alguna me gustaría decirle que más que conocerla preferiría ver Krasnodar, antes que Donald Trump incendie el mundo y los campos salvajes a orillas del Dniester pasen a flotar como humo.

Intervalo de horas. Desasociarme de lo que la luz descubre. No pongo, ni hay, rosas amarillas alrededor para excitar la imaginación. Escribo de noche, con cerrado entorno que termina en el fin de un foco de 75. Ya que no hay cueva, que si la hubiera, allí estaría, tomándome esta leche diluida en agua que sabe a vacío. Pasan nombres de ciudades. Zhitomir, recuerdo, 1648 y 1942, la tragedia no respeta siglos.

Cierro con cuidado los bordes carmesíes de la bolsa de basura y la saco al patio. Ligia, Marco, Omar duermen. Tres cucarachas discurren con amistad acerca de las bondades de la humedad. Limpio las balas que saqué del basurero y apunto. Con una mato tres… cucarachas y soplo: revolución mexicana.

Pan francés, miel orgánica. Sobre la mesa los objetos se confabulan para eliminar la noche. Por ahí hierve el café. Elis agoniza en el zaguán, ni el suave portugués la salva. Saudosa maloca: cabaña tristona, hogar tristeante, dormitorio tristoso. La caldera grita como el tren al sur, el tren de las once, el tren del trabajo. Casi las seis. Me quedan dos minutos para despertar y ninguna bala.

09/08/17

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Publicado en TENDENCIAS (LA RAZÓN/La Paz), y en el blog del autor, Le Coq En Fer, (13/08/2017)
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Soñar despierta

Encarna Morin

Hay momentos en los que soñar despierta me hace sentir a salvo.

Llevo toda la vida preguntándome quien es mi familia y dónde está. He dado tantas vueltas de acá para allá, que parece que mi cuerpo deambula de un lado a otro, mientras mi alma permanece escondida en aquella niña de tres años, que pasó a vivir con una familia adoptiva. En ese momento tenía ya una gran confusión en mi cabeza.

Allá que tuve uso de razón, mamá me contó a qué se dedicaba, y por qué motivo yo no podía vivir con ella. Para que no me llevaran a uno de esos centros de menores, ella pagaba a una familia que me cuidaba y se ocupaba de mí. Si alguien les hacía la pregunta:
-¿Es su hija?
-No, pero como si lo fuera –respondían mis padres de acogida-

Así fue como me quedó claro con el tiempo que mamá no estaba, ni estaría, pero que se ocupaba de mí, pagando a aquellas personas que hicieron en cada momento lo mejor que pudieron y supieron por mí y por sus propios hijos. Me sentía parte de aquella familia pero como si fuera de prestado.

A mi madre la eché de menos, aunque intentaba no quejarme demasiado. El peor momento fue cuando llegó el día de mi primera comunión y me iban mentalizando que quizá no ella no estaría. No obstante, yo la esperé hasta última hora. Llegó finalmente, aunque un poco tarde, y acompañada de dos extrañas señoras. Con el tiempo supe que estaba en la cárcel por una trifulca que se organizó en el bar de alterne en el que ella trabajaba. La dejaron salir para venir a verme, pero los jueces y fiscales no entienden mucho de las ilusiones de una niña que necesitaba a su madre a las nueve de la mañana y no a las cuatro de la tarde.

Siempre he estado rodeada de gente. Con lazos de sangre, o sin ellos, he tenido a muchas personas a mi alrededor. Pero no he dejado de estar ausente la mayor parte de las veces.

Era una adolescente de quince años cuando conocí a Roberto. Aún me pregunto qué fue lo que me atrajo de él. Yo me creía enamorada. Sentía hacia él una atracción que no controlaba. Tenía varios años más que yo y paradójicamente era lo más parecido al marido de mi madre, al que siempre llamé papá aunque no fuera mi padre biológico, y al que detestaba desde el fondo de mi alma.

Dejé mis estudios en el instituto y al poco tiempo me fugué con él. Tres años más tarde, justo el mismo día que cumplía los dieciocho, nos casamos.

De aquella loca relación quedó mi hijo y un calvario de historias recorridas a su vera, sin que, una vez más, yo fuera capaz de estar en cuerpo y alma. Viví mucho tiempo ausente como si lo que ocurría fuera la vida de otra persona. Me seguí preguntando por mi lugar en el mundo. Cuando percibí a mi hijo moverse en mi vientre fue la primera vez en que sentí un instinto protector hacia alguien que era más vulnerable que yo y que la vez formaba parte de mí.

Roberto me llevó de la mano hasta el submundo del que mi madre siempre me quiso apartar y proteger. Nos fuimos a vivir al barrio de los chulos y sus chicas, donde residía una de sus hermanas. Ahí aprendí un par de duras lecciones, de las cuales aún conservo alguna secuela emocional.

No puedo entender qué tipo de droga era él para mí porque las tenía todas para aborrecerle: mujeriego, ludópata, adicto al sexo, a los locales de alterne, violento y quería sexo conmigo a todas horas. Me sentía poco más que un objeto. Frígida, me llamaba. Y más de una vez fui violada por mi propio marido. Estuve en pisos de acogida, con mi niño, y hasta para llevarle al colegio debía de ir casi escoltada. Tampoco los pisos de acogida me resolvieron gran cosa. Seis meses para salir de allí y volver a la jungla, pero sin haberme movido mucho del punto de partida. Fue así como volví a caer en lo brazos de Roberto, al menos representaba “lo conocido”.

En algún momento se acercaba a mí, y solía coincidir con mis horas bajas. Ahí me volvía a recuperar, y al poco volvía el maltrato de todo tipo. Tres veces volví con él después de haber jurado que jamás lo haría. Y la historia se repetía, cada vez a peor. Después de hacerme sentir una porquería y de denigrarme yo pensaba que no merecía nada mejor. Creí que algo malo había dentro de mí. Era incapaz de encontrarme en paz. La peor de mis confusiones era dejarle sintiendo que seguía perdidamente enamorada. Me sentía tan poca cosa que suspiraba por recuperarle, como si con ello mi resentida autoestima sanara. Claro… el tiempo era escueto, cada vez más escueto.

Cuando mi madre me explicó a qué se dedicaba, fue muy clara conmigo. Me alertó contra estos tipos y me dijo que a las hijas de los chulos, nadie las tocaba, así que me hice pasar por una de ellas.

El tipo en cuestión, tenía un harén. Seis chicas trabajan para él. Una de ella era mi ex cuñada. La que trajera más dinero tenía como premio dormir con él. Y si alguna se le escapaba un poco de las manos o sentía que perdía interés por el “trabajo”, le hacía una “barriga” y así la sujetaba. Luego de esos niños se sabía poco o nada. Se quedaba con ellos y no los registraba en ningún juzgado. Era un secuestro, de alguna manera. Luego, a la madre le tocaba el calvario de buscarlos y no encontrarles. Aunque mi cuñada sí que dio con su hijo, ya grandecito y en un centro de menores, figurando abandono materno en su expediente. Nunca logró volver a conectar con él y terminó perdiéndolo para siempre.

Le pasó un poco lo que a mí con mi madre, aunque nosotras nos queremos. Para mí, ella es lo más grande. Por culpa de la distancia y del maldito dinero he pasado hasta dos años sin verla. Pero la llevo en mi corazón y pienso en ella cada día. De hecho, prometió y cumplió su promesa de dejar la prostitución en cuanto naciera su primer nieto. Yo la llamé y le dije que estaba embarazada y ella automáticamente se plantó en mi casa. Desde entonces se ganó la vida recolectando fresas o como camarera de hoteles.

Pasé por todo tipo de situaciones siendo una niña. Tenía quince años cuando me enfrenté al chulo, una vez que detecté que en sus planes estaba echarme el gancho. Supongo que con el beneplácito de mi pareja de entonces: Roberto, el que se convertiría en mi marido un par de años más tarde. Percibí una extraña movida en la estación de trenes y le pedí cien pesetas para sacar un paquete de tabaco. Cogí el dinero y salí corriendo a toda pastilla. Cuando logré volver a encarame con él, me acordé de los sabios consejos de mi madre y le dije:

-Te voy a demostrar que soy más chula que tú- y durante un tiempo le saqué todo lo que quise. Hasta que en un momento dado, decidí romper con el juego, no solo porque era un tirano sin escrúpulos, sino porque no se lo sacaba a él. Todos mis caprichos salían de ella, sus chicas-

-Ya te he demostrado que soy más chula que tú, así que adiós muy buenas.

Le gustaba regodearse en su poderío. En una ocasión me preguntó si es que le tenía miedo. Le admití abiertamente que sí y, en cierto modo, no dejaba de ser real.Era para mí un viejo, pero viejo. Tenía casi cuarenta años más que yo. Pero una vez entras en esta espiral de transgresión no hay límites. Llegas a pensar que todo es posible, y nada te asombra.

En una ocasión, volvíamos de una discoteca, ya de madrugada, estaba también mi ex. Agazapada en la parte de atrás del coche, los vi bajarse, discutir con la chica, y en medio del monte, darle un empujón y tirarla por la pendiente. Luego arrancó de nuevo el coche y dio media vuelta.

Quedé aterrorizada, pensando en que podría estar muerta, y durante varios días estuve pendiente de las noticias. Pero no se supo nada. Es aún el momento en que ahora tampoco lo sé. Quiero suponer que pudo salir viva y puso tierra de por medio.

Al poco tiempo conocí a Manuel y a su lado encontré la estabilidad. Por fin supe lo que era sentirme respetada y querida. Me he dado cuenta con el tiempo, de que amor es esto y no aquella locura permanente en la que yo andaba obsesionada.

Tenemos dos hermosas hijas. A veces, con dificultades salimos adelante, por eso de que el trabajo escasea. Pero nos buscamos la vida como podemos… y hemos sobrevivido a la tormenta. Porque más de una vez me he derrumbado psicológicamente, y sin querer, me vuelvo a ir lejos con mi mente. Me ausento. Vuelvo a mirar a la gente de mi antigua vida y hasta me atraen personas de ese perfil disparatado. Por suerte está superado.

Mi madre terminará sus días con su marido, supongo. Me gustaría verla más seguido. Pero no puedo… el tipo, no creo que la quiera, ni que la haya querido nunca. Un hombre que realmente quiere a una mujer la saca de esa vida y no se aprovecha de ella. De hecho, nunca conoció a mi hijo por eso de que era el causante de que mi madre dejara ese “trabajo”.
Su familia rechaza a mi madre, como si fuera una apestada pero bien que han disfrutado de su dinero cuando pasamos la otra crisis allá por el año noventa.

Lo que siento una y otra vez es el vacío. La sensación de no ser de ningún sitio. La dureza de la soledad. Una vejez prematura, pese a ser aún joven y sana. Me siento sin familia. Me pregunto si esta es mi familia, si mi madre forma parte de mi familia, o donde andará mi hijo, que trabaja a miles de kilómetros de distancia, y con el que hablo poco y del que apenas sé nada. En el fondo me aterroriza la idea de que haya heredado algo de su padre, me preocupa que trabaje en la vida nocturna, aunque sea en un trabajo honesto y él sea un buen muchacho.

Pero soñar es gratis, y aún tengo sueños. Apoyo a mis hijas para que lleguen a ocupar el lugar que les corresponde en la vida, el suyo propio, sin sentirse de prestado. Les doy todo el cariño que puedo. Intento ser una buena madre, hago lo mejor que sé. Esta vida estable, afectivamente hablando, no me resulta aburrida. Es mucho más reconfortante que vivir a salto de mata. Sé que hay alguien que me espera, que me trata con cariño y, sobre todo. que me respeta. Jamás me insultaría, ni me tomaría por la fuerza. Es Manuel, el hombre que me ha ayudado a reconciliarme con el mundo. El mejor compañero, amigo y confidente que he conocido en la vida. Un gran padre de nuestras hijas y la persona que me hace sentir segura y amada en este mundo. Con él he vuelto a recuperar la ilusión por la vida, por esperar cada amanecer como una hermosa aventura llena de esperanza. Incluso comprendo, quiero y respeto a mi madre, agradeciéndole desde el fondo de mi alma que me haya dado la vida y de la que no me separaría jamás si pudiera.
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Nuestras madres y los golpes de Estado

Homero Carvalho Oliva

Soy de la generación que creció sufriendo los golpes de Estado en La Paz, la ciudad de Bolivia que más sangre ha derramado por la libertad y la democracia; en agosto de 1971, cuando Hugo Banzer dio su golpe, yo tenía 14 años y ya había experimentado varios golpes o “revoluciones”, término mal empleado para las asonadas militares. Recuerdo que algún extraño sortilegio, propio de la naturaleza materna, hacía que nuestras madres sepan del golpe, días antes de que suceda y con sus ahorros iban al mercado a comprar lo que podían: papas, legumbres, cebollas, arroz, frejoles, marraquetas, sardinas en lata y aceite, lo necesario para comer durante varios días; luego nos daban dinero para comprar velas, kerosene para el anafe y alcohol de quemar para encenderlo; el día antes de que estalle el golpe teníamos que llenar todos los recipientes disponibles con agua, baldes, bañadores, ollas grandes, bacines, la tina, en fin…El momento que en la radio Illimani o en la Batallón Colorados se escuchaba algún bolero de caballería, ya sabíamos que el golpe estaba en marcha y nuestras sabias madres nos pedían que sacáramos los colchones (que en esa época estaba hechos de lana de oveja), para colocarlos frente a las ventanas y de esa manera evitar que las balas ingresaran a nuestras viviendas. Mientras el golpe se desarrollaba con toda su crueldad, nuestros padres intentaban distraernos jugando loba o cualquier juego de mesa ¿Se acuerdan?

*Extraído de un estado de Facebook del autor (21/8/2017)
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20 de agosto de 2017

La búsqueda

Encarna Morin

Era el año 1968 y mi abuelo Rafael había muerto en Bahía Blanca. Fue entonces cuando la abuela se vistió de negro ya que hasta ese instante había sido una "viuda blanca".

En ese momento apareció en nuestras vidas la tía Silvia, nacida en Argentina, como un fogonazo de luz y de energía. Comencé a indagar en el alma familiar, primero con cierta curiosidad, luego con un inmenso respeto. A medida que avanzaba en la búsqueda de respuestas, fui cayendo en la cuenta de cuantas explicaciones ya conocía, de todo lo que sin saber a ciencia cierta, ya imaginaba.

Les he ido encontrando a todos ellos. He conocido casi todas sus historias. Les he entendido, y me han ayudado a saber quién soy, la parte de cada uno de ellos que permanece cerca de mí, o en mis genes. 

Llegó el momento en que mi voz ha de cumplir su cometido, del mismo modo en que mis abuelas y bisabuelas lo hicieron. Ahora, aunque a mí misma me resulte insólito, me convierto en abuela. La vida me coloca de nuevo en un sitio que antes era incapaz de imaginar. Y como tal abuela que seré, narraré las historias que he ido desentrañando. El alma de mis antepasados me acompaña. Es una compañía segura y cálida. Me sostiene cada vez que algo amenaza con derrumbarme.

Me reconozco un poco en cada una de sus historias, en el rumbo que he dado a mi propia vida, en los atajos que he tomado en cada momento, incluso en las palabras que a menudo salen de mi boca sin premeditación previa.

Les reconozco en mis hijos, en cada uno de ellos. En sus gestos, en sus voces, en sus cuerpos. 

Tengo la valentía de unos, el miedo permanente al abandono de otros, el ímpetu luchador de alguno de ellos, la necesidad de sentir el sol en mi cara y respirar el aire de mi querido paisaje isleño. Al mismo tiempo me reconozco en el acento argentino de mi tía Silvia, en su ternura, en sus deseos de juntar a la familia y de sentirse reconocida. Es como si hubiera cruzado el océano sin haberme movido de la isla. Soy yo misma y un poco todos ellos. 

Tanta información acumulada me ha ayudado a entender y comprender. Cada uno de ellos hizo en cada momento de su vida lo mejor que supo. Las circunstancias a menudo marcaron sus destinos. 

No me importa tanto no haberles podido conocer entonces. Les descubro ahora desde mi entendimiento de mujer madura. Deshago los nudos que nos mantuvieron separados. Con la intención de no volver a perderles nunca más. Me han de acompañar el resto de mis días. Ahora que por fin nos hemos encontrado…


Fotografía: Rafael Morín Perdomo, mi padre, año 1930 en Lanzarote. Un niño que jamás pudo conocer a su padre ya que aún estaba en el vientre materno cuando éste tuvo que emigrar hacia Argentina para jamás retornar.
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El cofre

Pablo Cingolani

Desperté impulsado por un ansia febril. Sentía que algo sucedería. Salí a caminar afanoso por las montañas. Escondido, dentro de una grieta, lo vi: era un cofre. Un cofre que parecía tan antiguo como el agua. Me lancé sobre él, comencé a desenterrarlo con las manos, era pesado, muy pesado: tuve que usar todas mis fuerzas para sacarlo de allí, para tenerlo conmigo. Cuando, al fin, lo logré, cansado y satisfecho con mi hallazgo, lo abrí. La misma mañana de sol radiante, la misma mañana de sol esperanzador que me rodeaba y habitaba las montañas, estaba ahí adentro.
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19 de agosto de 2017

Paceñas (diario volátil)



Miguel Sánchez-Ostiz

Paceñas... si de cervezas se trata me inclino decididamente por las Huari, que son de Oruro... El agua les da un sabor peculiar, dicen.

No hay peor cosa que los motivos para declinar una invitación o no poder acceder a la petición de un favor, sean tomados por excusas falsas o embustes de medio pelo, y convertidos de seguido en agravios irreparables: las famosas «Molestias del trato humano», de las que habló fray Chrisóstomo de Olóriz, y tantos otros.

Viajar para poner orden en los propios asuntos es gollería porque estos se ordenan y desordenan solos.... o al menos lo parece, como piezas de un rompecabezas diabólico cuya clave siempre estuvo ahí y no supimos verla o descifrarla: todo encaja.

El orden, ese que te empuja a dejar de poner la carreta delante de los bueyes, aparece donde menos te lo esperas.

Las operaciones de limpieza no tienen misterio alguno, se vienen cuando más conviene, es inútil convocarlas, como quien monta una pieza de teatro de cámara.


*Publicado originalmente en el blog del autor, Vivir de buena gana (19/8/2017)
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18 de agosto de 2017

Nuevos mensajes de las piedras

 

Pablo Cingolani
Tuvimos la experiencia pero olvidamos el sentido,
Acercarnos al sentido, restaura la experiencia.
T.S. Eliot
A Facundo Firmenich
Nuevos peregrinajes: nuevos mensajes.
En agosto, la tierra se despierta, se abre, respira (hay más viento), espera su recompensa y tu agradecimiento.
La recompensa de la tierra es que la ames. No puede esperar ninguna otra cosa. Vos te irás y ella seguirá aquí. La efímera amistad que entablas –tu vida es un milímetro de distancia dentro de la inmensidad del cosmos- es nutritiva sólo para vos.
La tierra es tan antigua como los dedos de dios que la amasaron. Por eso, la tierra, no puede esperar sino otra cosa que ese amor incondicional que sólo es así si también se lo padece. Porque amar, amar profundamente, es también rendirse. Rendirse a ese amor, rendirse a ese padecimiento.
Ese padecimiento, está claro, embellece al ser humano, ilumina la conciencia, agita el alma, energiza los sentimientos. Piensa en Jesús, piensa en San Juan de la Cruz, piensa en los guerrilleros. Ese padecer –ese enfrentarse al horror- neutraliza a los insomnes que creen que la vida es sólo bienestar, es sólo dicha, es sólo esa plástica e indecorosa felicidad que suponen merecida. La tierra ha luchado contra todo para ser ella, para brindarse, para estar. La vida es lo mismo: quien no sufre sus contingencias, no sabe nada, no sabe nada de nada. Y no puede mirarse al espejo. Y menos, puede ser feliz.
Piensa en el estupor y la zozobra experimentada cuando colisionaron las estrellas o cuando el planeta se desgajó en continentes o se elevaron las montañas: siente, así sea un segundo, semejante choque, semejante desgarro.
¿Hubieras soportado ese caos primigenio y fundante de las suaves praderas que crees merecer, de las playas donde el sol viene a yacer, de toda la belleza que hoy atesora el mundo? Nada, en este mundo, se compara a ese dolor, a ese padecimiento.
Por eso, decimos: la verdad padece pero no perece. Por eso, hay que caminar la tierra, mirándola a lo lejos –sentir el horizonte- y dejándola penetrar hacia adentro.
La tierra se está, se estará siempre, ya libró sus combates. Nosotros, los humanos, si la amamos, podremos comprender aquello de que las circunstancias pueden destruirnos pero no vencernos. Si el amor por la tierra nos nutre, nada ni nadie podrán abolirnos y no habrá hostilidad si habitamos la derrota.
¿Por qué –y este un mensaje clave de las piedras- cuál es el temor a la derrota? Si la vida plena es también padecerla, padecerla en el amor, padecerla con toda la hondura que ese amor reclama, ¿cuál es el miedo que nos amarra el alma?
Enfrentar al miedo es parte de ese padecer por vivirla a la vida. Volverlo ceniza es parte de la tarea de vivir. Y no atizas, si ya comprendes. Lo dejas ahí, congelado y estéril. Vivir con miedo es vivir en el desamor de no vivir a plenitud, de no saberse uno con la tierra, uno con el destino de uno y de esa misma tierra, que son lo mismo.
Todo lo demás es aleatorio, todo lo demás es no aceptar la majestad del mundo, la soberanía de la tierra, la dignidad que nace de ahí y que es la única dignidad que nos merecemos por el simple hecho de haber nacido.
Si vas a vivir tu vida girando como un trompo en el vacío, escucha, escucha el mensaje de las piedras: huye de esa desdicha.
Huye de las amputaciones que te procuran los necios que se apiñan, como dagas o espuma, en las ciudades, déjalos que no sepan padecer lo que hay que verdaderamente padecer.
Déjalos con sus ideas, con sus libros, con sus números, con sus estadísticas que son nada, ni siquiera un grano de arena, gloriosa arena, a los ojos de los Apus.
Ya te le dije mil veces y te lo volvería a decir mil veces más: toda la sabiduría del mundo, toda la belleza del mundo, todos los secretos de la vida, están allí. Nieve y maravilla. Están adentro. Son una piedra.
Paciencia, paciencia, paciencia: mensaje final de las piedras.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 13 de agosto de 2017
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La Paz (diario volátil)



Miguel Sánchez-Ostiz

Ya va para tres semanas que ando dando tumbos (urbanos), fuera de casa. Conviene a los felices quedarse en casa... no estoy tan seguro, no esta vez, desde luego. El libro Chuquiago, deriva de La Paz, en el que ningún editor español creía, aquí ha sido un éxito para mí inesperado.
Me he encontrado con amigos ya viejos y he hecho otros nuevos, valiosos, jóvenes y menos jóvenes. Alguna decepción ha habido también, pero eso forma parte del vivir, y nada puede arruinarte no ya un viaje, sino el vivir de cada día.
He ido algo más lejos en lo que a conocimiento de la literatura boliviana se refiere... a su política no me queda más remedio que mirarla con cautela y hacer orejas de mercader a los denuestos que escucho y a los elogios desmedidos que flotan como consignas en el aire.
La ciudad es muy distinta a cómo la conocí por primera vez, en el año 2004... salvo por lo que se refiere a la población originaria que pulula alrededor de los mercados. La he pateado menos que en otras ocasiones, por falta de tiempo sobre todo, que no de ganas. No conoceré jamás esta ciudad. La mía es una mirada entusiasta y melancólica de quien ahora sí, ahora sabe que está de paso, hasta en su propia casa.


*Publicado originalmente en el blog del autor, Vivir de buena gana (18/8/2017)
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