18 de febrero de 2018

De lecturas y calendarios


Roberto Burgos Cantor

Volver a los libros que acompañaron, más que un recurso de consuelo en épocas duras, una prueba desesperada de fidelidad, es también la exploración de cauces cuyas marcas se fueron perdiendo.
Entre la formación y los primeros sufrimientos, el talismán de silencio y amistad que ofrecía palabras, mostraba algo del mundo, la realidad, los sueños, que no ofrecían los días, ásperos o benignos, llevándonos a orillas desconocidas, o barrancos imprevistos.
Las primeras lecturas llegaron por los oídos, en el susurro de la voz de mi madre entre el oleaje nocturno con sirenas soñadoras, y ella que leía sin cansancio a Wilde, Neruda, Hernández, algunos ritornelos. Yo cerraba los ojos.
Después los abrí. Me quedé sin lectora. No para siempre. Madre sabe sus maneras de soplarme. De no asustarme con los fantasmas de Wilde y de reírse con Platero y yo.
Entonces, el silencio de la lectura con los ojos abiertos y el bullicio interior de ese diálogo donde uno pregunta y el texto insiste en esa su letra que cada lector vivifica a su manera.
La lectura de ojos propios construye compañías. Un espacio distinto al confesionario de la infancia. Ahora se funda un bar propio. Comienza el lector a entender que apuntala un territorio, una nación sin pasaportes, donde reconoce la libertad y fortalece su intimidad.
Así, cuento un acercamiento para mostrar aquel escalón, o traspatio de la vida, que estaba guarecido en su tiempo intocable. Poder devolver pasos o avanzarlos hasta que abrí Caballería Roja de Isaacs Babel. El corresponsal de la guerra rusa que desfondó sus informes de periodista para revelar verdades, noblezas y miserias de los seres humanos matándose por ideas que no han estudiado, no conocen.
Al acudir al encuentro con Babel, ese buen escritor me recordó a Malevich, el pintor. Vuelve uno a pensar si ese portentoso proyecto de cambiar a una sociedad mediante la revolución, que siguen llamando la partera de la historia, era posible. Todos observamos que el antiguo espíritu religioso permanece. Lo sagrado que debemos reflexionar y cuyo infinito nada que ver con dogmas precarios de peluquero de Coello.
Malevich, el artista del esfuerzo por mantener la libertad del arte, tiene un cuadro precioso que tituló Caballería roja.
Saldrá del Baúl, en la próxima.

Imagen: La caballería roja (circa 1930), de Kazimir Malévich
Leer más...

14 de febrero de 2018

Llegó el tiempo de las mujeres / MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Ruth Bader Ginsburg, juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos hablaba del movimiento Me Too, de denuncia de acoso y abuso sexual sobre todo en lugares de trabajo contra las mujeres. Dice Ginsburg que el legado de este movimiento será duradero, en esta suerte de balanza entre el despiadado machismo de Donald Trump y sus incondicionales republicanos y la cada vez mayor actitud combativa femenina en su contra.

Trump jamás denuncia a los abusadores. La doctrina de la violación parece caer de perilla a un individuo que se precia de varonil, viril, metemano, militarista (nunca habiendo servido y habiéndose escondido de la leva para Vietnam cinco veces con fraudulento descargo). No es que ir o no ir a la guerra marque la hombría, pero destacándose este presidente por una retórica guerrista y por desear levantar una formidable maquinaria militar, además de desfiles estilo soviético, se tiene que cuestionar. No culpa, o evita hasta el extremo hacerlo, a probados pedófilos y demás monstruos porque él mismo forma parte del gremio. Ni menciona a las víctimas; al contrario, victimiza al agresor. Es, para Me Too y las mujeres que no suspiran en su fétido entorno, el enemigo principal.

Al respecto, viniendo de un lado inesperado: la extrema derecha, Steve Bannon, ideólogo del trumpismo a la vez que agudo observador de la realidad nacional, afirma que el populismo como fuerza motriz es o va a ser desplazado por el movimiento de reacción femenina ante la situación actual. Que esta va a ser la línea que posiblemente destrone a Trump y que ha llegado para quedarse. La nueva era, la de las mujeres. No vendría mal un poco de agua para diluir la idiótica y fatídica testosterona del masculino ávido de poseer y descollar (claro que no lo afirma Bannon; lo añado yo).

Está cierto el neonazi en que en el desdén de Trump por las mujeres se atiza el desastre. La investigación rusa puede llegar a conclusiones devastadoras. Las conocemos y sabemos, solo que no hay seguridad cómo vayan a implementarse las leyes tratándose de un presidente o al fin nada ocurrirá. Por encima de esta truculenta conspiración, que incluye lavado de dinero de Putin y las mafias rusas, que desnuda el origen de la recuperación económica de Donald Trump luego de la caída, que abunda en putas meando en la cama y tal vez en vicios sodómicos y gomórricos, está el empoderamiento de las mujeres como fuerza unida y decisora. Sería el golpe fatal al imperio del abuso, la ignorancia y la mugre que caracterizan esta administración.

Al parecer, y a diferencia de los hombres en los que priman los huevos y no la escasa razón, llega un tiempo de cambios radicales. Es posible que haya exageraciones, hasta “abusos” por llamarlos así en el proceso (ya lo denunciaron las francesas alegando que en tanta fobia se esconde un ataque al amor y al enamoramiento, al juego de conquista, al flirt, coqueteo y piropo). Pero, en líneas generales, está bien y es bienvenido. Hora es y hora llega que existan consecuencias, que se atosigue al poder y se desbanque a dioses, semidioses, intocables e irresistibles, así cueste que las hermosas mujeres de Klimt, eternamente retratadas, resuciten y cuenten de las veleidades del pintor y del supremo poder que pesaba detrás de su paleta.

Bannon predijo muchas cosas que el tiempo ha confirmado. Fue preciso en apuntar a un grupo de votantes relegado que incluso había elegido a Barack Obama, siendo negro y demócrata. Creo que esta vez también acierta, que Trump debe temer estas voces femeninas cada vez más mayoritarias y con grandes nombres asociados. El número de republicanas, evangélicas, beatas que aprueban el pecado si lo cometen los suyos, se reduce. Viejas locas o cowgirls de poco entendimiento alaban al sátiro de la Casa Blanca. Sinvergüenzas. Viciosas linchadoras onanistas. Marcha ya un rodillo. Y aplasta. Cuidado.

12/02/18

_____
Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra) y en el blog del autor, Le Coq En Fer 14/02/2018

Imagen: Pentesilea, reina de las Amazonas, muerta a manos de Aquiles
Leer más...

Coraje

Pablo Cingolani

Si a la mula se le da rienda, la mula llega. Ella sigue siempre su camino, jamás se pierde. No se desatina nunca: ella va nomás. Conoce mejor que nosotros: es la única que no pierde la huella y resiste el viento blanco. La tropa puede morir, pero ella se aguanta la helada. El que arrea debe siempre saber eso: por más malo que se ponga todo, a ella se le da rienda y llega. La cosa es no dudar, no perder la calma. A ella le sobra eso: la calma, digo. Si no hubiera sido por la mula que yo más quiero –no diré su nombre porque esas son cosas mías- yo no hubiera vuelto nunca más hasta aquí, hasta mi pago, hasta Antofagasta de la Sierra, ¿sabe?

Esto queda lejos de todo pero si yo no voy a los valles a llevar la lana, a llevar los pullos que teje la Jacinta, a llevarles chalona y alumbre a los abajeños, nuestra vida bien triste sería. Por eso, yo voy a llevar charque, a llevar cuero, a llevar unas hierbas que solo crecen en estos lados y que curan, saben curar. A veces, llevo sal de Antofalla. La mula siempre me trae. Hay tormenta, ella sigue, rumbea y sigue. Hay un viento de la san putas, ella sigue. Hay zorro o puma merodeando, a ella no le importa, no les tiene miedo. Una vez he visto, le juro por San Isidro: una mula chúcara de cascos negros, negrísimos, se dejó –yo creía- encimar por un puma, uno grande. Cuando lo tuvo detrás, la mula se arrojó de espaldas a la arena y le partió los huesos al gato. Aullaba el pobre que daba lástima. Lo terminé desgraciando para que no sufra.

Una vez volvía de Belén con harta mercadería –vendí muchos tejidos y sogas y algo de oro que había rescatado en el río Colorado. Estaba contento: ese invierno no padeceríamos con la Jacinta y las criaturas. Estaba tan contento que había descorchado una damajuana de vino. Y de vino bueno: era de Cafayate. Me empecé a machar, le digo la verdad: no me daba cuenta. Pero la empinaba y la empinaba a la damajuana y yo feliz, chupaba y copleaba y no me daba cuenta. La verdad fue que me dormí. ¡Sí! Como le cuento, tal cual: me dormí encima de la mula. Al otro día, ¿ve aquella vega? Por ahí, por ese lado del cerro, me trajo hasta aquí, hasta la casa. Gracias a San Ponciano, ese día no heló, más bien soleado desperté, si no, vaya a saber si la contaba…

Sabias son las mulas. Ellas siempre saben dónde poner las patas. No como uno que a veces la embarra o no sabe qué o porqué. Sin mi mula, yo no voy a ninguna parte. Tengo a una enterrada detrás de la casa. Ya le dije: esa fue la que me salvó del viento blanco del Arizaro. Se murió mansa y vieja. Siempre le llevo toronjil y hierba buena a su tumba: eso le gustaba comer. Si no hubiera sido por ella, no la contaba y ahora Jacinta estaría penando sola con las criaturas. Por eso, hágame caso hombre, y dele rienda nomás. La mula siempre llega, la mula siempre va a llegar. Si algo le sobra a la mula, ¿sabe qué es? Coraje.

Pablo Cingolani


Río Abajo, 13 de febrero de 2018, martes de challa.

Imagen: Mulas. 1985. Óleo de Felix Cuadrado Lomas, en la exposición del Colegio Lourdes.105x120
Leer más...

11 de febrero de 2018

Palabras perdidas en la arena


Pablo Cingolani 

No siempre el hallazgo era tan importante. Por lo general, encontrabas ropa, cubiertos de plata de baja ley, alguna que otra alhaja. La llegada del malón a la posta regaba la pampa de un revoltijo de cosas superfluas, rotas, que perdían sentido apenas caían desechadas u olvidadas entre los yuyos o debajo de un algarrobo o al borde de algún arroyo seco.
Los indios te caían encima como una tromba de agua helada, sus gritos petrificaban a todos, salvo a los que ya conocían cómo latía la ferocidad de esos hombres y sus consecuencias. Esos, los que sabían, por lo general, huían a esconderse -¿para qué resistir ese sismo humano?- y fue seguramente uno de ellos, de los que sabían, el que escondió esa valija en la vizcachera.
Tal vez, sus huesos eran los que se blanquearon allí cerca, tal vez no. La valija era de cuero fino, no estaba baqueteada: parecía nueva. Venía, eso sí se sabía, desde Buenos Aires. Lo que si podía conjeturarse era su destino final: si iba a Mendoza, si iría a San Juan o si cruzaría la cordillera, hasta Chile.
No siempre el hallazgo era tan prometedor: Morán la alzó con cuidado y la llevó hasta el fogón donde mateaba con sus dos hijos, próximos a las ruinas de la posta, sólo cenizas y olvido. Andaban arriando unas vacas que pensaban vender en Tupungato. La valija pesaba harto y Morán empezó a temer: cuidado fueran los restos de algún finado.
Cuando la abrió a la luz de las llamas, se sorprendió con su contenido: no eran los despojos de un muerto. Eran libros, muchos libros. En el fondo, había también un amarre: eran cartas, muchas cartas.
Ninguno de los presentes sabía leer. Pero Morán sabía o creía recordar o le palpitó fuerte que lo que encerraban esos libros y esas cartas -puras palabras, palabras escritas, palabras que buscaban desafiar al tiempo y a la distancia-, podía acarrear dolor y desgracia.
Pensó en arrojar todo a las llamas. Algo lo detuvo. Volvió a cargar la valija hasta el hueco sombrío de las vizcachas. Las palabras, todas esas palabras escritas, quedaron allí. Perdidas en medio de la arena de la travesía. Perdidas, tal vez, para siempre. Perdidas.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 8 de febrero de 2018
Leer más...

4000


Alex Aillon Valverde


"Pero mi patria gemía a cuatro mil metros sobre el nivel del hambre"
 Eliodoro Aillón Terán


Voy a hablar de la soledad de Bolivia, que bien podría ser la soledad de todos nosotros.
Mi soledad, o mejor dicho, nuestra soledad, no es la misma que otras soledades.
No es la soledad de Kansas, que hace cantar a Ginsberg en una carreterra nublada, a 60 millas de Wichita.
Tampoco es la soledad de Philip Glass, que alienta la recuperación del cosmos en el vórtice de su piano y que hace temblar la cuerda floja del tiempo en la mitad del mundo.
No, no es la soledad de las plantaciones de algodón, ni la soledad que hace dormir al Diablo del blues, ni la guitarra de Woody Guthrie, ni las historias de Bob Dylan.
No es la soledad de los barcos, ni la de Hemingway; tampoco la lenta e inasible soledad de las ballenas; ni la soledad de los mensajes que vienen del otro lado de la Atlántida trayéndonos otros silencios, otros lenguajes, en botellas arrancadas al océano inabarcable, inaudito.
No es la soledad de Virginia o la de Alfonsina o la de Janis, menos la soledad de Silvia, la de Alejandra o la de Marilyn que se quiebran como un puñado de palabras arrojadas a una ventana, una mañana de invierno.
No, no es la obscena soledad de los iluminados, ni la soledad de la hoja en la corriente del río que camina hacia una soledad más vasta, una que no conocemos.
No es la soledad de las jeringas, ni la soledad de la última bomba; no es la soledad del último suspiro; tampoco la constelada soledad de los burdeles donde Charlote es nube y es lluvia; como tampoco es la soledad tan concurrida de un viejo poeta uruguayo a quien nos gustaba llamar Bennedetti.
No, queridos hermanos, no es la soledad que iluminan las luciérnagas, tampoco la tenebrosa soledad de los muertos, ni la soledad de los hombres solos. No, ésa no es nuestra soledad.
Nuestra soledad es una soledad sin nombre que se acerca a cualquier esquina, a la luz amarillenta de la tarde donde nuestras soledades se juntan para encontrar algo de calor.
Es algo que fermenta con los siglos.
Mezcla de ídolos, dioses, rituales, pachamamas y mamaocllos; emblemas agobiados con cocaína, wiski barato, carnaval y goma de mascar.
Asistimos en multitud al majestuoso espectáculo de nuestra propia soledad.
Más solos que las cometas en su trayecto hacia Dios –sumergidos en enormes vasos de alcohol y chicha, agachados sobre un espejo, dibujando las líneas que trazan el siniestro mapa de nuestro extravío–, nos alejamos mientras una gigantesca banda hace reventar el ojo del crepúsculo en el horizonte.
Nuestra soledad es la soledad de la última pastilla antes de apagar la luz y decir adiós.
Nuestra soledad no busca salida, es así como es: retrato de familia en la cocina, sopa a mediodía, coca en el cachete.
Y es que esta soledad que es nuestra, es única.
No es la soledad del Oráculo, queridos hermanos, ni la soledad del laberinto. No es la soledad de los emperadores chinos o la de Stalin, ni siquiera la bíblica soledad de la pija del Papa.
Esta soledad nuestra es una soledad institucional, una soledad con ítem, una Soledad con mayúscula; es una soledad con capacidad de mentirse a sí misma, una soledad con capacidad de destrucción masiva; un frío repentino, un tropel de palabras sin vida.
Esta soledad nos hace gigantes, amados compatriotas, porque es monstruosa; no existe nada que nos lastime pues nuestra soledad está con nosotros y podría parecer inútil pero es eterna.
A más de 4000 metros sobre el nivel de nuestro propio vómito, les invito a mirar la patria y su soledad plagada de discursos y salones presidenciales; a sentir el poder de los narcóticos, el poder de las banderas, de los símbolos angustiosos, el cruel espectáculo de la nada.
A más de 4000 metros sobre el nivel de la locura, les convoco a encontrarnos en la matriz del universo, en la soledad de nuestras estaciones espaciales y contemplar nuestra abominable creación.
A más de 4000 metros sobre el nivel de la desolación, emplazo a esos hombres como rocas paridas por la montaña; convoco a mi Padre y su palabra trocada en silencio; convoco nuevamente su desnudéz y su infancia rota; convoco a todos los que estando solos, se olvidan de nuestra soledad.
No convoco a Shambu Bharti Baba, a William Blake, a Hare Khrishna, a Allah, a Yavé, a Jesucristo; convoco a Ginsberg (el todopoderoso), a Panero (el elocuente), a Horlderlin (el delirante), a los condenados, a las putas, a los desquiciados, a los suicidas, a los miserables, a los abandonados, a los verdaderos hijos de este planeta, para tomarnos de la mano y subir a nacer en la cúspide de la tormenta.
Yo no vengo a pedirles nada, señores, nada que les pertenezca, nada que no nos haya sido dado ya por la embriaguez, la tristeza y la eternidad, que tanto se parecen al abandono y al amor.
Esta tarde, que en el horizonte se queman mis ojos y se petrifican mis lágrimas como abatidas por la mirada de la Medusa, las manos de mi padre me han vuelto a tocar y han despertado mi alma conmovida por el beso de su ausencia.
Leer más...

Vamos de paseo...

Aldo Alcota

De Coquimbo soy

Comienzo a cantar para despertar. Cantante soy de mis fracasos y mis triunfos. Vamos a cantar hasta perder la voz. Vamos a cantar y reír. De Coquimbo soy. Me mojo la cara en el baño y me visto para salir a caminar. Después de haber dormido en un sofá, quiero relajarme. Caminar sin rumbo fijo por Coquimbo. Salgo a caminar por la cintura cósmica del sur. Para no pensar tanta huevada con cabeza de huevo. Me vendrían bien unos huevos fritos pero el refrigerador está vacío y no me queda dinero. Walking around. Comienza el round.

Al andar por el puerto veo a tipos, entre treinta y cincuenta años, vender parche curitas. Otros piden para un pan en la puerta del supermercado. Otros están borrachos, con una botella de plástico vacía en la mano y piden monedas a los automovilistas. Estoy en Coquimbo. No sé hasta cuándo. Escucho la sirena de los bomberos. Anuncia la mitad del día. Las doce y doce gaviotas en el cielo. Caminante no hay camino, se hace camino al andar. La calle Pinto está repleta de peluquerías. Ha inaugurado hace poco una barbería dominicana. Desde su interior se escucha merengue. Buscando visa de cemento y cal. También sobreviven peluquerías con señoras de estolas blancas, quienes llevan décadas en el oficio. Siempre sale de allí un olor a tintura y laca. La misma laca que usaba mi abuela.  

Soy lo que soy, mi propia creación, mi propio destino. Me dieron ganas de caminar para no irme por el wáter. Siempre pienso que al sentarme en la taza del baño, saldrá de abajo un bicho mutante y me morderá el culo. Me detengo ante una tienda de disfraces. Veo una máscara del Pato Donald. Sonríe animal. Look at me, I’m the disco duck. Disco, disco Duck. Sigo mi ruta sin destino preciso. Los surrealistas o gente como Guy Debord hacían lo mismo. Pasear por una ciudad hasta perderse en los festejos del azar. Tengo ganas de estornudar y no puedo. El sol está fuerte. Es un metal amarillo y caliente que te hace llorar por la piel. Plaza Vicuña Mackenna. Vengo cantando este guaguancó con sabor cubano. En los alrededores está la aduana; el juzgado; el puerto con sus barcos que llegan y se van; grúas y más grúas; contenedores oxidados; una galería de arte que no abre nunca; una dependencia de la Armada; un monumento a Arturo Prats, desafiante con su espada en dirección a la Parte Alta; las esculturas del hombre con paraguas y el auto antiguo a punto de llegar al cielo; una caseta de turismo con información sobre la ciudad; el Centro Cultural Palace y su segundo piso donde se ve en los balcones una maniquí, vestida al estilo decimonónico, con su vista perdida hacia el mar. Hay momentos en que todo se detiene y no pasara nada. Imágenes congeladas pronto a derretirse. Me cansé. Tengo calor. Traigo en mis manos la buena fortuna. Me siento en un banco de la plaza y cierro los ojos de tanta pereza. Queca, queca que calor. Los abro después de unos segundos y miro al suelo. Veo una hormiga que zigzaguea. No sabe hacia dónde ir. A lo mejor se dirige a un Coquimbo hecho por piezas de Lego. Ganas de subirme a un barco e irme. Podría llevarme la maniquí que he visto en El Palace, como amiga de viaje. Inventaríamos teleseries para no aburrirnos. Que sean de piratas. Porque en Coquimbo hay muchos piratas. Me han dicho que se pueden encontrar en las Fuentes de Soda de Melgarejo. La mayoría de ellos dirá que saldrán en la próxima entrega de Piratas del Caribe y son grandes amigos de Johnny Deep y Javier Bardem.

Me aburre estar en la plaza y camino nuevamente. A unos metros, están sentados tres haitianos. Miran sus celulares y hablan en su inconfundible créole. Menm lè m pa gen kòb ki pap voye’m ale. Hace días me duele una muela. Iré al dentista. No tengo Isapre, ni Fonasa, ni nada. Hay una dentista colombiana que realiza limpieza de dientes a precios muy económicos, en su consulta privada. Dato de un familiar. Quiero que me vea la boca. Pareceré una figura sacada de las pinturas de Bacon, abriré mis fauces ante la lámpara de la silla odontológica y mostraré mis colmillos amarillos y gastados. En la escupidera lloverán gotitas de sangre. Mi crucifixión bucal. Recordaré, mientras me escarban con el explorador dental, que Bacon no era inglés, sino irlandés al igual que Joyce, Wilde y Beckett. A Coquimbo llegaron un montón de ingleses. Trajeron sus costumbres, arquitectura, su genética... También llegaron franceses, italianos y alguna gente de Marte. He visto en este puerto a varios mendigos de ojos verdes.  

…barrio inglés good night con sus bares en verano llenos de gente terrazas en la calle la desesperada demanda de papas fritas cerveza pisco sour por los visitantes la música en vivo hasta se deja caer por allí cuturrufo con su grupo de jazz karaokes con canciones de raphael luis fonsi o miriam hernández huele a peligro las noches acá huelen a peligro a riña…

Hace un calor de mierda que te licua el cerebro. Veo un letrero con una imagen de los Beatles atravesando una calle -la portada del disco Abbey Road- y la frase “Respete al peatón”. Lleva los logos de la Municipalidad y carabineros. Los Beatles quieren que se respete los derechos de los transeúntes. Yes, We’re going to a party, party. Los Beatles. Con su Helter Skelter influyeron satánicamente, sin quererlo, en Charles Manson y su secta para cometer los asesinatos de 1969. Recuerdo una foto de Román Polanski llorando a moco tendido por su Sharon Tate. Murió hace unos meses Manson. Se fue con la mirada perdida en las garras del cancerbero. Demasiado calor. Como si fuera el infierno. Y huele a pescado. A sal. Veo a lo lejos una cara conocida, corre hacia mí, Giova, ex integrante de la banda Canal Magdalena. Viene sonriendo, corre con más rapidez mientras se acerca, me pasa la mano con prisa y me dice “es una maratón universal”. Sólo alcanzo a responderle con un hola que no escucha. Él sigue su ruta; posiblemente hacia las Olimpiadas Piratas. Lleva una bolsa negra. Imagino que dentro habrá pescado, papayas o lápices porque dibuja y pinta y lo hace fenomenal. Se pierde por la calle. Habrá tomado un colectivo.

Yo sigo adelante, en la mía, my way en la versión de Sid Vicius, entre el gentío que se persigue a sí mismo y los perros vagabundos rascándose las pulgas. Llego a una esquina donde hay una peluquería colombiana. Un hombre gordo, moreno, camiseta que dice London, pantalones cortos de camuflaje militar, parecido al cantante Juan Gabriel, me ofrece cortarme el pelo con lavado incluido. No, gracias. No tengo dinero, ni nada que dar. Mi deseo ahora es devolverme a casa para beber agua. Agua. Agua. Aguantate un ratito please. Agua de monte, de vertiente, de Springfield, la que vende Homero Simpson en su barriga cervecera. Soy capaz de beberme todo el mar e irme a vivir a un barco pirata lleno de lobos marinos, gaviotas y pelícanos. Olvidarme por un momento de Coquimbo, de las peluquerías y de la muela.

Sabadabadabadabadabadabadabada

Leer más...

Sainetes de hoy, tragedias de ayer (3)

Roberto Burgos Cantor

Ante la monstruosa anomalía y su desgraciado despojo de humanidad, bienes, mujeres, niños, planeta, medio ambiente, ¿qué tenemos para oponer?
Una oposición que restablezca la vocación de vivir, el orgullo por la realización virtuosa, la alegría de compartir, de enamorar, de cantar, de encontrar otra vez un sentido a los fugaces o demorados días del mundo.
Un periodismo temerario y valiente destapa las disimuladas cañerías de una sociedad cegada por la acumulación de porquerías. De tanto correr la espesa sustancia, de empapar todo, fue sustituyendo cuánto de ilusión religiosa, política, económica, guardaba la sociedad como reserva. Los miserables aprendieron de los pobres, los pobres de los ricos, y los ricos de su vacía ambición. ¿Qué se aprende? ¿Qué se imita? Que no hay regla cuando de acumular fácil se trata.
Es curioso que un mismo momento las desmesuras románticas que atravesaban las selvas desde Robin Hood hasta Guevara, coincidieron con las pragmáticas de un Midas que tocaba la hoja o la pasta y se convertía en bultos de billete. Midas le mostró al romántico la realidad, el poder del dinero y lo convenció que era el cimiento de las ideas.
En tanto, pagaba su cupo en el club arruinado de los viejos orientadores de rutas en círculo para la sociedad. ¿Quién sabe si por aquí iba la metáfora de Alfonso López Michelsen cuando, antes de ponerse a gobernar, pidió a los viejos del club que no se le atravesaran?
Anotar circunstancias, pescar olvidos del pasado, es proponer asuntos para un entendimiento. Pero, no será la historia quien arroje redes de rescate al colosal desmadre en el cual preservamos la terquedad, o el cinismo, de continuar vivos. Lo advirtió Steiner: el pensamiento es triste. ¿De manera que la vieja razón toca el sentimiento?
El asunto es tan complicado que dos científicos socorren con su sabiduría lo que en tiempos de mediana bonanza ¿los hubo? eran asuntos de policías, jueces, leyes.
Don Moisés Wasserman recordó a Lombrosso. El físico identifica al criminal. Y las aplicaciones hoy. Concluye: seguiremos teniendo libre albedrío y responsabilidad plena sobre nuestros actos.
Remberto Burgos de la Espriella, muestra como el acto malvado afecta al cerebro y lo predispone al mal.
Leer más...

La coca



Pablo Cingolani
A Antonio Peredo Leigue,
In memoriam

Hoy, esta noche, la coca se está y me está celebrando la vida, mi vida

Hay tantos tesoros escondidos en la coca que no sé por dónde empezar a nombrarlos pero todos me habitan con su abrazo verde, con su latido sincero, con su presencia, tan real, como las montañas que me amparan

Hoy, esta noche, la coca guía mi mano, enciende mi piel, exalta mi temperatura y mi sangre, más allá de los pesares que arrecian, más allá de las tristezas que acechan, más allá de los demonios que me andan sitiando

Hay tantas victorias escritas en cada hoja de coca que todos los libros no alcanzarían para narrarlas, para evocarlas, para revivirlas: la coca, tan generosa, es toda la memoria que necesitamos para resistir, es toda la alegría que queremos compartir, es todo el destino que nos espera si somos capaces de defender la marca vegetal, la huella vital, que nos conduce hasta él.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 2 de febrero de 2018
Leer más...

*