16 de diciembre de 2017

Resucitados

 

Pablo Cingolani

Al pueblo argentino,
desde Bolivia.

La resurrección de la vida: la resurrección de la alegría

La resurrección de la alegría: la alegría de joderles la película, la alegría de meterles palos a su rueda, la alegría de que ellos no puedan festejar ni estar satisfechos de volver a cagarnos

Esa dulce justicia molecular, milimétrica, invencible, fagocitadora diría Kusch, esa sincera justicia que arde en la piel, ese oscuro día de justicia, a lo Walsh, esa manera que tiene siempre el pueblo de aguar la fiesta, de patear la mesa con mantel, de mandar al carajo a los hijos de puta de siempre: luchando

La resurrección de la lucha, la fe, la vida: la resurrección de la calle

La calle resucitada, la calle –como el “señor Jesús, doctor Jesús, rey Jesús, maestro Jesús” como diría el yatiri- que siempre resucita. La calle donde vibra la vida, la calle donde baila la alegría, la calle donde la belleza de la resistencia es más pura, es más virtuosa, es más plena

Pura. Como el agua insurrecta, el agua que libera, el agua que se libera, el agua que demuele todos los diques de la infamia

Virtud que escampa tras la tormenta que aunque vimos venir se volvió inesperada –ellos sí van por todo, y pudimos vencerlos cinco minutos pero los vencimos y vamos a volver a vencerlos

Plenos de vida, plenos de alegría, plenos de entusiasmo, plenos de pasión por vivirla, por vivir la vida y ese tango feroz que resiste porque el amor es más fuerte; esa casa con diez pinos que aguanta porque al sur siempre hay un lugar y ese lugar es nuestra patria; ese nada como ir juntos a la par porque juntos siempre somos más; esa arena, arenita que oculta las huellas para volver a verlas, para volver a recorrerlas junto a nuestros héroes y junto a nuestros mártires; ese no engrasar los ejes porque nos gustan que suenen como suena la música –porque no necesitamos silencio, como sentenciaba Atahualpa, menos ese silencio que nos quieren imponer

Porque el pueblo es como la música y “la más maravillosa música” será siempre su palabra, su voz, su tenacidad, su estar siendo siempre pueblo

La más maravillosa música que llevamos en nuestros oídos será su perpetua resurrección hasta recuperar a la patria, porque ukamau, que así sea: todos unidos triunfaremos hasta la victoria siempre.

Nadie está muerto, hermano, nadie estaba muerta, hermana: sólo andábamos resucitando.

Pablo Cingolani
Río Abajo, La Paz-Bolivia, 15 de diciembre de 2017
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La tapicera y su mortaja

Roberto Burgos Cantor

Hay noticias que, si bien son inevitables, perturban el ánimo. Se aferra quien la recibe a quitarle óxido a la máquina de las rememoraciones. A invocar, sabedor ya que todo será arrebatado y ninguna certeza volverá.
A veces queda un consuelo: las cercanías de la amistad sumaron años a la vida de cada quien. Tejieron redes de ampliación. Quizás agregaron una calle a esos pasos de crepúsculos efímeros.
Cuando conocí a Marta Viñals tenía tres hijos jóvenes y un marido poeta. La pareja fumaba con una constancia de pedidores de milagros. Y ella vivía esa edad en que el cuerpo se olvida del peso, las siluetas de moda, la cintura de ánfora, el cuello de garza; y encuentra otros atractivos. Quienes la recuerdan con su trasero en altitud de dignidad y la miraban sentarse, reconocían que había adquirido un trono propio.
Ellos, venían de Buenos Aires, Argentina, y se instalaron en Bogotá D.C. para trabajar con un hermano de Marta que tenía almacenes de ropa y una fábrica de cromados.
Por alguna razón, Martha se dedicaba a los telares. Era una tapicera cuyos tejidos reproducían ideas, figuras, cuadros, de pintores.
Tal vez, como el poeta, regentaba una galería de arte, ella prefería a los artistas contemporáneos argentinos, y uno que otro del devocionario estético de su hombre.
Con prontitud se vínculo a la universidad de los Andes. Allí enseñaba y aprendía. Contrató carpinteros para hacer un telar que ocupó un espacio amplio en el apartamento donde habitaron y después en la casa. En el primero, años en que la ciudad tenía silencios, mientras crepitaba el fuego de la chimenea, se oía el zumbido de los hilos, lanas y lanzadera en la ruta de encontrar su forma. Del piso de abajo golpeaban con un bastón el techo y una voz anciana que gritaba: ¡ Domestiquen la electricidad ¡
En tapices de puntadas de pincel, se conocieron pintores. Cogorno, Berni, Pagano. Pedro Pablo Pont Verges, rey del telar.
A poco de regresar a su país todo cambió. Clima triste y noches sobresaltadas. Ulular siniestro de automóviles sin placas. Borges no caminaba por Florida y Sábato acumulaba el inventario de los desaparecidos.
Con Marta tuve una bella conversación sobre el amor de mujeres y hombres. Sabiduría de hilos, talismán contra la intemperie.
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13 de diciembre de 2017

La ciudad irreconocible

Miguel Sánchez-Ostiz

Las ciudades no son invisibles –eso es una licencia poética ya muy manida–, más bien resultan irreconocibles. El tiempo las devora, las transforma más rápido de lo que tú mismo envejeces. Con el tiempo sus calles se convierten en espejos velados de la memoria. Tratas de recordar lo que había al otro lado de un cierre –un ultramarinos, una panadería, un pelotero, una droguería, una relojería, una carpintería, una mercería... – y lo más que consigues y con mucho esfuerzo, no de memoria, sino de imaginación, es tropezarte con el rostro borroso del que fuiste.

*Publicado originalmente en el blog del autor, Vivir de buena gana (13/12/2017)
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11 de diciembre de 2017

A quién le cuentas


Miguel Sánchez-Ostiz

A quién le cuentas que aborreces las presentaciones de libros a la prensa del pueblón, ese acto cansino y antipático, rutinario, aburrido; que es algo para ti por completo inútil; que no se trata de encontrar lectores, sino de hacer ruido, algo, un poco, una especie de numerito publicitario baratejo, de vendedor callejero y cansalmas.
A quién le cuentas que hay una edad para todo y que esa de hacer el mico en escena ya pasó, ya es patética, para repetir lo mil veces dicho ante gente a la que le importa un carajo lo que digas y que escribe lo que le viene en gana dejándote las más de las veces en riduclo poniendo en tu boca necedades. Es inútil protestar, reclamar, rectificar... Por un periodista informado que se ha tomado la molestia de leer tu libro, te encuentras una docena que ni te han leído ni te van a leer ni les gustas.... y hasta te lo dicen con desparpajo. Rutina, desgana... La gente del pueblón ya se entera de que ha salido un libro nuevo, ya lo ha visto, ya sabe, los demás, ¿para qué? Imagen gastada, más que gastada, la tuya después de muchos años de publicar en un ciudad a la que no tuviste que regresar jamás. Ruido. Inútil.

*Publicado originalmente en Vivir de buena gana (2/12/2017)
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10 de diciembre de 2017

La pelirroja del cuadro de Liepke (o La Pasión de Las Musas)


Emmanuel Mordacini .-

Una tarde enseñé mi novela a Sibila.

-Quiero que la leas -le dije.

Ella contempló largamente la portada multicolor donde dos mujeres semidesnudas se abrazaban y besaban en medio de una habitación adornada con rosas rojas y candelabros. Susurró el título en voz alta, como si repitiera un mantra o una sentencia impía: La Pasión de las Musas.

-Leéla -la insté-. Leéla lo más pronto posible.

La leyó, por supuesto, y a partir de entonces nuestra relación adquirió un cariz diferente, mucho más áspero y perverso. Las páginas de mi novela habían despertado aspectos de su sexualidad que Sibila desconocía por completo. Devoraba mis letras con avidez y desmesura, dejándose arrastrar gustosamente por aquel extravagante océano de palabras. Mi chica Liepke personal muy pronto se transformó en una arpía insaciable. La metamorfosis acontecía frente a mis ojos con una violencia feroz, como si los demonios dentro de Sibila libraran su propia rebelión desenfrenada y blasfema. A veces, luego de cogérmela hasta el hartazgo, la obligaba a leer aquellos fragmentos del libro que consideraba más sensuales y escandalosos.

-¿El lesbianismo como metáfora de la erótica femenina?

Sibila, acostada desnuda con los muslos separados y el pubis húmedo de semen y transpiración, no dejaba de interpelarme concienzuda e implacablemente, como una niña morbosa que interroga a su padre libertino acerca de nuevas y oscuras prácticas sexuales. 

-Así es Sibyl, algo por el estilo.

-¿Cuánto te llevó escribir esto?

-Casi un año. 

Estaba fascinada. Acariciaba las páginas de una forma casi obscena mientras absorbía mis palabras con ojos enardecidos y desquiciados. Mi novela había conseguido hechizarla, y esa extraña comunión de trasladaba a las decenas de chicas Liepke que parecían contemplarnos desde las réplicas diseminadas a lo largo de las paredes de mi estudio como íconos de un imaginario erótico que trascendía el esteticismo liso y llano. Se trataba nada más y nada menos que de mis obsesiones volcadas en el frágil y quebradizo cuerpo de Sibila, y de como ella se iba transformando paulatinamente en esas mujer ideal que acechaba agazapada desde las vaporosas catacumbas de mi mente.
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8 de diciembre de 2017

El brujo de la rosa

Roberto Burgos Cantor

Es frecuente llamar paradojas a situaciones que muestran un azar que rompe cierto orden en los sucesos de la vida.
En un hospital de los Estados Unidos ha muerto Magín Díaz. Con más de noventa y cinco años de edad, le coincidían la espera serena del adiós sin vuelta y un reconocimiento a su vida y a la obra. Obtuvo dicho premio al lado de un esforzado, leal y creativo hombre de teatro, Ricardo Camacho.
Parece necesario, cuando se destaca la vida y la obra de seres como Magín, detenerse un poco en el significado de vida para sobrevivientes como él. Y dentro de esa larga resistencia de vivir pese a todo en contra, mostrar algo que daría lugar a otro premio.
Y sin duda aplaudir el empeño de jóvenes como Urián, Pablo, Leo, Daniel, Manuel, quienes exploran y divulgan motivos de nobleza, dignidad, en medio de la exclusión en que deja la pobreza a tantos hombres y mujeres humildes que aprendieron a cantar o a pintar o a bailar o a contar, para que no se les muriera el alma. Siempre en su paisaje de infortunio; nunca a la espera del escenario y sus estrellas de cartón.
También aquellos que buscaron para buscarse, Delia Zapata Olivella, Totó la Momposina, Gualajo, Toño Fernández, Batata, Pablito Florez, y los desprendidos que ni siquiera se ocuparon de dejarnos su nombre. A veces, en las mañanas de cielo vacío, en que muchos queremos recostarnos a la tierra que fue nuestra y a la cual volveremos, suena la gaita de Aurelio y su voz de gallo matutino sin veleta: un pajarito cantaba. Todos, con el aprendizaje de la necesidad y un altruismo que hace falta a este país que se sumerge en un piélago de odios de baratija. De maquinaciones perversas para suprimir el logro laborioso, el merecimiento, y hacer del dinero la basura del mundo.
La paradoja de Magín surge de otra deficiencia del Leviatán que llamamos Estado. El profesor Víctor Moncayo lo ve, como San Jorge, derrotado; es peor su agonía que su presencia. Ella consiste en el tardío apercibimiento de los valores artísticos, intelectuales y espirituales de los miembros de la comunidad. Decía el de Usiacurí: todo nos llega tarde, hasta la muerte. Así, una lápida, más que una alegría.
Y en lugar del patio, del pretil, de las músicas de la naturaleza, de los cocuyos en la oscuridad, recibió la visita en un hospital sin hamaca, sin olor, con luces de máquinas.
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Por aquí y por allá

Roberto Burgos Cantor

No es fácil hacer el ejercicio de saber qué siente o piensa el número inmenso de colombianos que día tras día cree leer el periódico de ayer con las mismas noticias, o quizás oír la cinta dejada junto al micrófono de la emisora con el tono de urgencia fingido y la satisfacción de una primicia sin presente. Lo mismo: el pos acuerdo, el saqueo al dinero de todos, las escaramuzas electorales cuya artificiosa mecánica arrasa con el interés general (¿?).
Por supuesto, no hay que desdeñar que todavía el país se encuentra escindido por su diversidad y formas de vida que de alguna manera inciden en la visión de la realidad. Ante debates, por infortunio podridos en medio de la gritería de mentiras, hay todavía una población que no se entera o se distancia con la añeja expresión despreciativa de: cosas de cachacos.
Lo peor de un abismo como el anterior es la dificultad de establecer si quienes gritan y su coro existe una comunidad, o grupo; y los apartados en silencio representan una individualidad inexpugnable.
En la primera, por supuesto, crepitan en candela viva, intereses económicos, fobias ideológicas, odios y dentelladas de venganzas.
En la segunda, una aceptación de la desesperanza ( el poeta Álvaro Mutis ha escrito sobre este sabio estar) que no se contamina de ofertas del cielo, de las pajaritas de papel de la felicidad a plazos, de sueños ajenos que se alimentan de nuestras energías. ¿Se podría fundar algún colectivo con estas serenas aceptaciones?
El riesgo de la anterior consiste en que su radicaleza hace transacciones. Y ellas no lo contaminan porque no le importan. Se imagina el lector a las cantidades de mujeres y hombres, jóvenes y ancianos, que durante el plebiscito por los acuerdos de La Habana, bajo el alero agujereado, frente a las corrientes de cauce sonoro, veían el aguacero de chorros que se anudaban sin caber en el cielo. Se imagina, si alguien hace la caridad de ofrecerles un plato de tortuga con torrejas tibias de bollo limpio para que cruzaran la borrasca (¿?).
A lo mejor habría que convencer a todos de que no se puede vivir así. Que es posible una comunidad donde lo mínimo se tenga y la desmesura de la opulencia no se acumule a costilla de los demás. A lo mejor.
Y cada asunto en su nicho. Dios y César, en su altar o en su estaca.
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3 de diciembre de 2017

Hacerse ilusiones...

Miguel Sánchez-Ostiz

¿Han leído al escritor catalán Josep Pla? ¿No? Pues vale la pena. Murió hace años y el abad de Poblet, en su elogio fúnebre, dijo algo así como «Gracias senyor Pla por todo lo que nos ha dado, que ha sido mucho». Pla era un creyente raro que ni creía mucho ni creía poco, sino que, más descreído que otra cosa, creía en lo que le daba gana, pero no molestaba a nadie con sus creencias –fue todo menos hipócrita–, que inquietara con sus perplejidades es otra cosa.

Pla, desde su mas de Llofriu, cerca de Palafrugell, creía en que fuera plausible la solidez del papel moneda y en el corcho de las explotaciones familiares, tal vez por eso tuviera tanta sed, confesada, en un país reaccionario y puritano, de falsos virtuosos que también tienen sed, mucha, pero la aplacan a escondidas y hasta cuando detienen a un magistrado con la sed muy aplacada, en moto, sin casco y a toda mecha, no pasa nada, lo ascienden. Dicho lo cual, añadiré que Josep Pla es uno de mis escritores favoritos desde hace más de cuarenta años.

Desde su fallecimiento ha ido saliendo algunos tomos de obras inéditas, diarios y notas dispersas, y reunidas con devoción, que han ido completando su ingente obra. Ahora le ha tocado el turno a estas Hacerse todas las ilusiones posibles... que publica Ediciones Destino.

Quien conozca la obra de Pla se va a llevar una sorpresa, si espera una hermosas notas sobre el paisaje del Ampurdá, el payès y su mundo, y su cocina, cuando menos en las primeas e intensas páginas: España y Catalunya o Catalunya y España y sus fuerzas vivas, su canalla y sus miserias. El retrato que hace no necesita mayor comentario ni exégesis ni contextualización. Mandangas.

Coincide Pla con su amigo el exfalangista Diniosio Ridruejo (Escrito en España, 1962), el primer traductor del Quadern gris, que el país se había convertido con el franquismo en una cueva de ladrones. Pero Pla va más lejos. Más de uno se habrá quedado de piedra al leer que España es un pantano de mierda, además de un lugar en el que repugna vivir. Habla de España, no de Cataluña, a la que considera europea –no como otras regiones–, con todas su limitaciones, fruto de tres siglos de dominación y sometimiento a los castellanos. Tal cual. Ni quito ni ponga. Lo escrito resulta inequívoco. Un pantano de mierda hacia el que las autoridades dice, estos es, los gobernantes, no tienen otro cuidado que el de que no haya filtraciones, hilillos de plastilina, ya saben, y la podre se haga del dominio público.

Lo que causa asombro es que esas páginas, escritas a finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta del pasado siglo nos resulten tan familiares, así hable del Ejército y sus papel de mantenedor del orden social y del sistema económico, de la Iglesia que lo mismo, su gran beneficiaria, del latrocinio sistemático de los encaramados al poder, del enriquecimiento bestial de una casta social a costa del obrero y su precariedad. Y si he hablado de las creencias de Pla es porque, en otra consideración, afirma que el régimen franquista con la sociedad por él implantada te quitaba las ganas de creer en Dios. Tal cual. No me extraña que estas páginas no hubiesen tenido una oportunidad favorable de edición... hasta ahora mismo lo dudo, salvo que se le perdone la vida como «cosas de Pla».

Solo que a continuación de escribir con sorna vitriólica de la Iglesia, de su financiación y del papel del Ejército, lo hace de una Cataluña acogotada y sometida. Si a alguien se le ocurre hablar de tres siglos de dominación castellana sobre Cataluña se le echan encima, si lo hace Josep Pla, silencio en la sala. El de Pla es un análisis implacable del carácter y el problema nacional catalán. No creo que se atrevan a acusar a Pla de desvirtuar o escamotear, de manipular o inventarse la Historia de Cataluña o el vivir en catalán (lengua), enraizado en el país del que habla, algo que sí hacen cuando alguien del presente se atreve a sostener lo mismo que sostiene el escritor. Resulta turbador reconocer las consideraciones sociales de Pla, muy radicales en algunos extremos, breves y contundentes, escritas hace casi sesenta años, como si fueran de hoy. Lo dije en otra nota de lectura hace días: acojona.

*Publicado originalmente en el blog del autor, Vivir de buena gana (3/12/2017)
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