20 de noviembre de 2017

Una luz

Pablo Cingolani

Extraño celaje el que acabo de presenciar. La luz era tan pero tan amarilla, tan pero tan conmovedora, tan pero tan amable que uno no podía evitar sentir que andaba a la búsqueda de enviar un mensaje. Acaso estaba buscando reparar algo, algo roto, algo que pudo romperse o está a punto de hacerlo. Y esa luz acudía a repararlo. Esa luz venía a sanarlo. Esa luz venía, acaso, a perdonarlo.
Los cerros reflejaron esa luz de una forma inusual, cargada de esplendor: como si la montaña estuviese bebiendo de esa luz, como si la estuviese dejando penetrar en sus entrañas, como si la sintiese como un reflejo de su propio interior y, en un salvaje y apacible juego de espejos, la majestad del momento lo volvía eterno en su sencillez, en su inagotable e imperturbable sencillez.
El espacio entero se cubrió de un velo de ámbares. Podías acariciarlo, podías tocarlo con tus manos. Podías envolverte en él, buscar su amparo. Eso fue así hasta que la luz cesó y se llevó su magia hacia otros confines, otras montañas, otras huellas.
La noche cayó y unos rayos de temer se derraman por el sur, allí donde la playa del río se ensancha y lame las laderas del Gran Protector de Todos Nosotros, allí donde el coloso eleva sus moles de piedra cubiertas de hielo y nieve. Creo ver su blancura cuando la oscuridad se quiebra bajo ese resplandor invencible. El viento ha empezado a soplar. Crujen las puertas. Se oyen los truenos. El gato corre y se cobija. Ha comenzado a llover. La extraña belleza del celaje era su manera de anunciarse.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 17 de noviembre de 2017
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17 de noviembre de 2017

Sustos de cuatro perras






MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ


Que las geografías nada significan lo repicaba cuando no quería darme cuenta que claro que algo significan, sobre todo cuando vives en algo peor que «entre rutina y moscas» y cuando tomas horizontes chatos por vastas extensiones en las que toda vida es posible. En vez de escapar, caminaba en círculo, por mucho que pusiera en pie fantasías de guardarropía,  viajero inmóvil, vagabundo sedentario, contemplativo de pozo negro. Mal poema es ese que a maldición suena.  A veces, me para por la calle gente que me conoció de niño, eso dicen, y no dan crédito a lo que ven. Yo tampoco, porque muchas veces no la recuerdo y hasta he pensado si no se estarán equivocando, pero no quiero desengañrles.  ¿Se asombran de verme vivo? Yo de que recuerden vidas que no he vivido. La ciudad vieja era para mí todo misterio, un mundo abigarrado, atractivo, en continuo movimiento;  ahora es mugre sin gracia, y escapas de ella como puedes: calles solitarias, arrabales, descampados, otros tantos cepos. Nada como el bosque o la gran ciudad para recitarte los versos de Fernando Pessoa en Tabaqueria:

He hecho de mí lo que no sabía,
y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.
El disfraz que me puse estaba equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme el antifaz,
lo tenía pegado a la cara.
Cuando me lo quité y me miré en el espejo,
ya había envejecido.
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14 de noviembre de 2017

Vuelve del olvido


 Pablo Cingolani
A Lars

Vuelve
Vuelve en el tañido de la campana de la capilla que ayudaste a construir con tus propias manos
Vuelve con la campana que hicimos sonar en Lino frente a la imagen del Corazón de Jesús señalándonos, recordándote
Vuelve, Lars, vuelve

Vuelve desde el testimonio de los que te conocieron y no te olvidan y te quisieron siempre a su manera
Vuelve porque ellos te recuerdan y si lo hacen es porque nunca te has terminado de ir
Vuelve, vuelve Lars

Desde la selva, aunque te haya amparado
Vuelve así los árboles sean tu hogar, así haya helechos que te acunen, así los líquenes te abracen
Vuelve
Así no te despiertes, vuelve. Así no te agasajen, vuelve nomás. Así algunos no quieran que regreses por esa verdad incómoda que volverías a traer en tu mochila
Vuelve, Lars

Vuelve del destierro
Vuelve del destino
Lars

Vuelve
Vuelve con los que te han querido
Lars
Vuelve

Vuelve con nosotros
Vuelve de la lluvia
Vuelve de la serranía
Vuelve, Lars

Vuelve del olvido.


Pablo Cingolani
Río Abajo, 11 de noviembre de 2017

Imagen: Foto: Dirk Embert World Wide Fund for Nature CC BY-SA 3.0 de
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Thomas de Quincey, una estampa

Miguel Sánchez-Ostiz

Me estaba acordando de una página para mí memorable de Thomas de Quincey en sus Confesiones de un inglés comedor de opio y de ahí me he ido a dar una vuelta por el cementerio de St Cuthberts, en Edimburgo, donde hay una lápida que le recuerda y muchos panteones tapizados de musgo con bajorrelieves muy bellos y otros destrozados o nido pavoroso de yonkis arracimados en sus penumbras, y las jaulas contra los ladrones de cadáveres arrancadas aquí y allá. Se veía que él lugar tenía una intensa vida nocturna, muy de muertos vivos. Jarreaba aquel día. Pero mejor que esos tenebros, esa página de De Quincey donde habla del invierno y de cómo pide a un imaginario pintor que le pinte una conversation piece sobre su biblioteca, y mientras afuera sopla el ventarrón del invierno y la lluvia azota los vidrios de la ventana, en la chimenea arde un buen fuego; hay varios miles de libros en las paredes... y «un litro de laúdano rojo como el rubí; eso y un libro de metafísica alemana, darán testimonio de que me encuentro en las inmediaciones». La realidad, como siempre, muy otra: las deudas, el huir de los acreedores, la pobreza, la husma de boticarios a la caza de su opio, la escritura alimenticia sobre todo y sobre nada, las rebuscadas extravagancias para protegerse del prójimo... Esa edición, de Barral Editores y 1975, tiene un prólogo excepcional del traductor, el peruano Luis Loayza que, cuando analiza la vida y obra de De Quincey, dice algo tremendo: «Todo quedó en colaboraciones para revistas y periódicos, es decir (pensaba De Quincey) en nada, y durante años le entristeció "el dolor de no ser lo que yo hubiera sido", que tantos hombres conocen» y algo más que invita a la reflexión en los malos tiempos: «... la delicadeza, la cortesía y el buen humor fueron en él virtudes heroicas y no simples modales de un mundo satisfecho y protegido».

*Publicado originalmente en el blog del autor, Vivir de buena gana (14/11/2017)
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12 de noviembre de 2017

La Roca Madre


Pablo Cingolani

Viernes de challa. Tras el Armagedón en el cerro Huacuni –la destrucción de los ámbitos de lo sagrado por uso intensivo e insensible de maquinaria de demolición de montañas-, me propuse no llorar sobre la lecha derramada y el cerro devastado sino empeñarme, tal y como le dije a mi amigo Fabián, en volver sobre las huellas para restituir esos ámbitos y re-encantar la montaña que había sido seriamente herida, no sólo en sus altares, sino en un ataque certero a su corazón, un ataque tan  destructivo que podía hacerte dudar.

En la vida, hay dos cosas que son irremediablemente inútiles: llorar y dudar. Por eso, no dudé ni un segundo en sentir que por sobre la hecatombe, el destino señalaría el lugar amado, el lugar a ser amado, que reemplazaría el lugar amado que había sido abolido. Cuando te digo que no hay que aflojar es eso: nos pueden destruir pero no nos pueden vencer. Fue así que hoy acudimos a la challa con la Carolina y el nuevo lugar para amarlo se nos develó. Lo sentí así y lo bauticé como Roca Madre, la Roca Madre.

La Roca Madre. Una roca invencible y nutriente, matricial y germinadora, como son todas las madres. La Roca Madre, una hechura femenina: simiente de todas las convicciones y de toda la fe que anda por ahí: ella las rejunta y las ampara, ella las alimenta y las cuida para que crezcan, para que florezcan.

La Roca Madre, la Madre de Todas las Rocas, la madre mineral, madre eterna, madre poética, la madre indestructible: aquella que es capaz de enfrentar todos los desasosiegos, aquella que es fértil frente a la adversidad, aquella que por el simple hecho de estar/se allí, es dueña, es monarca, es la reina del espacio, del horizonte, del cosmos. La Roca Madre: símbolo de fuerza y símbolo de victoria, de esa victoria cruda e irresistible, capaz de volver a elevar a los cerros, volver a imantarlos, volver a revivirlos.

La Roca Madre: Carolina me incitó a buscarla. Los hombres somos unos desquiciados, nos domina la prisa, nos secuestra la fuerza –esa fuerza a lo Dostoievski- mal digerida. Vamos y volvemos siempre sobre las mismas heridas. Será nuestra marca de cacería la que nos guía o qué será. Será por eso también que hoy la challa –la primera challa a la Roca Madre- fue en memoria de Lars, a propósito de los veinte años de su desaparición en la selva. Será por eso también que esta challa primicial fue también para Facundo, challa transoceánica, en agradecimiento a la Madre Tierra por su ayuda en su resucitación.

Lars. Mother Rock. Facundo. Mama Kala. Todos juntos alrededor de la Roca Madre para que sepamos siempre que hay un lugar, un lugar para sanar, un lugar para amar. Y si hay un lugar, debe haber también un camino, un camino por el cual llegar. Si hay un camino, hay emoción, hay esperanza, porque no hay nada más feliz en la vida que encontrarse uno, un camino, un cauce y un ritual: caminarlo. Sentir el camino es comenzar a volverse uno mismo el camino. Un camino de piel y fragilidad y de pasiones que se mezclan pero camino, al fin. Contra todas las inmovilidades que te cercan, contra los amarres que se inventan, los nudos que asfixian tu alma, vas y desenlazas los lazos del desenlace, vas y los precipitas, vas y los caminas, buscando al destino, anhelando al destino, ansiándolo.

Lars y su desenlace, el desenlace de su destino: ya será selva, montaña, río. Ya será roca, el compañero Lars, nuestro hermano Lars: otra Roca Madre, quizás allí mismo, en el lugar amado de su desaparición –veinte años atrás: noviembre de 1997-, en el río rojo, en el Pukamayu como lo bautizaron los indomables buscadores de cascarilla, tipos rudos, osados.

En el lugar amado: en el Ecabijjinekijji, en donde viven los sábalos, como lo llamaban los Ese Eja que aparecieron, por allí, y atacaron a flechazos la barraca de San Carlos y echaron a los caucheros de la Tambopata Rubber Company, allá en 1913.

En el lugar amado. allí donde la serranía culmina, allí donde todo ese fervor no se agobia y se derrama en aluvión y fertiliza al mundo para devenir aire que te sacude, agua que cicatriza, viento que limpia la maldad, arena que envuelve mis manos y las hace brillar (como brilla en mi corazón el recuerdo, siempre invicto, de Lars)

Esa misma arena, esa misma Roca Madre, vamos, vamos juntos, Facundo, a seguir buscándola.

Esa arena, tan efímera, se vuelve faro cuando entiendes su gloria: tapiza los caminos, acompaña a tus pies, tapa tu huella –como grita la zamba: para que puedas volver a verla.

La Roca Madre, Mother Rock, Mama Kala, se está, ya sabemos, se está al sur de todos los sortilegios y al oeste de cualquier desdicha.

Y el camino es mitad ensoñación y mitad más de esa misma arena, la misma arena de siempre: la arena de los que no esperamos ninguna recompensa de esta vida sino, simplemente, vivirla, vivirla hasta el final.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 10-11 de noviembre de 2017

Mis agradecimientos sinceros a Álvaro Díez Astete por clarificarme acerca del sentido de este escrito devocional. Hoy hablé con Ciro y con Ricardo, a ellos también esta búsqueda de la gracia porque también son parte de esta historia. 
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9 de noviembre de 2017

«El escritor debe vivir secretamente», Peter Handke.



Miguel Sánchez-Ostiz

Peter Handke en un artículo que quiere ser de homenaje y resulta publicitario, como casi todos (motivado por la aparición de un libro en una editorial poderosa):

«Me parece horrorosa la manera en que se comportan hoy los escritores. Todos se han vuelto tan oficiales, se comportan como dignatarios, como cardenales. Eso nunca le debe pasar a un escritor. Constantemente dan entrevistas, ahora están en Irak, después en Sarajevo o en Perú. Están en todas partes y por doquier tienen que escribir artículos para los periódicos. Ya no tengo ninguna confianza en esa gente. El escritor debe vivir secretamente.»

Bien, hasta aquí bien… si eres un escritor de éxito y renombre y publicas en editoriales de ámbito nacional. Para un editor pequeño, el que no acudas a sus eventos supone la pérdida de la publicidad gratuita. Esto es, el escritor convertido en un elemento publicitario de la editorial y de sí mismo, poco importa que en las entrevistas le hagan decir, o diga por sí mismo, necedades que le desgastan. Menos importa que, si no es un divo experto en puestas en escena misteriosas o exóticas, quiera retirarse del barullo mediático y social por cansancio, por respirar, simplemente, por ver si en el silencio se rearma y, a cierta edad, hace lo que le queda por hacer y todavía puede. Eso al editor le tiene sin cuidado. Lo que cuenta es el ambientillo. Un escritor que se retire y quiera publicar y que hablen de él para poder vender, está perdido. Un escritor no puede permitirse el lujo de padecer o de disfrutar de fobia social salvo que la editorial y los medios afines puedan sacar de eso mismo beneficio publicitario. Ser un raro «con tirón» no está al alcance de cualquiera. Para eso hace falta ruido mediático y eso lo saben los que con admiración aplauden desde los medios las palabras de Handke, pero son los primeros en colaborar al espectáculo de las variedades literarias y a su artista invitado.

*Publicado originalmente en el blog del autor, Vivir de buena gana (9/11/2017)
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7 de noviembre de 2017

Un huayno iconoclasta


Pablo Cingolani

a Papirri,
por inspirador.


Mañana me iré de aquí
Mucho me han lastimado
No he venido a la ciudad
Para que me hagan daño

Cerco de espinas
Muchas heridas
No tengo porque soportar
Si soy desdichado

Era feliz en mi pueblo
Ahora sé, todo tenía
Aquí no hay montañas
Sólo edificios y no me hablan
No cantan, no me dicen nada

¿Por qué uno deja atrás lo que ama
Y luego se vuelve triste
Porque lo extraña?

Dime, mi amor, cerroschallay
¿Cómo recordarte?
Dime, mi vida, cerroschallay
No puede olvidarte

¿Por qué uno deja lo que ama
Y luego se vuelve triste
Porque se apena y lo extraña?

Dime mi sol, cerroschallay
¿Cuándo volveremos?
Dime mi cielo, dime mi luz, cerroschallay
¡Quiero que vivamos!... ¡quiero celebremos!

Pablo Cingolani
Río Abajo, 25 de octubre de 2017

Imagen: Eusebio Choque
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La amistad: variaciones (5)

Roberto Burgos Cantor

Entonces.
La vida va tejiendo su tapiz de hilos caprichosos, puntadas imprevistas, telar incansable. ¿Quién pone los colores? Ese amarillo solar de huevo incendiado que ilumina los días de niebla en la morada de la mesta y la artífice Marta Viñals titulo, Nocturno africano.
Quizá los hilos con nudos traen el origen, las pausas, y después el paralelar de amistades.
De estas persistencias aparece una imagen difusa de infancia. Es probable que de tanto oír los cantos de las muchachas que ayudaban con los oficios domésticos, verlas en su ritual de hacer gárgaras de agua de mar antes de buscar el tono, después desfilar como princesas de desierto por el malecón, y lanzar al cielo sus querellas de amor, sus protestas contra la injusticia, sus picardías de quien a lo oscuro mete la mano en la empalizada, ese coro, me haya inclinado a querer ser músico.
Mis padres, el mago de las navidades me regalaron una preciosa orquesta alemana. Clave, platillos, bombo, tambor mayor y redoblante, marimba, y asiento para el dios de los nuevos ruidos. Dejemos que la ilusión agregue: un cornetín chino, una flauta de faquir.
De repente llegó a casa, una de las quintas de El Cabrero de vecindad amable entre almirantes, arroceros, comerciantes, médicos, abogados, hoteleras, Presidente muerto, tenderos, párrocos de una misa diaria, embalsamadores, sastres, pescadores, maestras, un torero, un pirata jubilado, y el mar, el mar misterioso de un lado, y la ciénega de mangles, cangrejos y ostiones, del otro, a casa llegó, un niño con una orquesta igual a la mía.
Motilado a la usanza, acero alemán de cuartel, fue presentado por mi madre. Dijo, Arnulfo, tu primo. Los años me enseñaron que ese nombre no tiene diminutivo. Él y yo de pasado escaso, todavía en una niñez sin sueños de sicoanalista, pusimos la banda en el patio, abrimos el portón que daba al mar, y tocamos como locos las irrepetibles improvisaciones de una breve vocación.
Así hasta desfondar los tambores. Así, preguntando por la clave.
La amistad de ese momento carece de muchas palabras. Hay sobre entendidos.
Mi vocación siguiente fue ser boxeador.
Un niño de la misma silueta de Caraballo por esa edad, me hostigaba con burlas.
El álbum de caramelos del deporte me mostró a Patterson, Marciano. Pensé que esas poses eran suficientes y pedí a Arnulfo que fuera mi esquina.
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