23 de abril de 2018

Mazarino

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Los inicios de novela de El Quijote y Cien años de soledad se mencionan siempre como los más bellos de la literatura en español; también los más mentados. Pero, a pesar de gustarme ambos, me quedo (en español, no en francés) con el primer párrafo de Veinte años después, de Alejandro Dumas, con aquella sombra, la de Mazarino, metida dentro de otra sombra todavía mayor –en prestigio y en tiempo-, la del cardenal-duque: Richelieu.

Qué decir. A la obra de Cervantes llegué en la cuarentena, la de la edad no la otra, mientras que a García Márquez no quise, adrede, tocarlo en su obra magna hasta bien entrados los veintes. Discurrí en los lustros anteriores en muchos ambientes de letras, pero ninguno tan tenaz, numeroso, obvio, como los franceses del XIX y los rusos entre fines de siglo y la revolución. Diría que me formé entre esos dos espejos dispares, que corrí de un bando a otro, con pizcas de Inglaterra, de Alemania, de Polonia, Estados Unidos y Hungría, y ya me pesa deshacerme de ellos; no lo deseo, en realidad.

Paseo por el Correo cochabambino, otrora edificio gloria de la comuna y hoy semienterrado entre vendedores ambulantes de chucherías, celulares, librecambistas y efluvios de chicharrones y hamburguesa con mostaza aguada. En la parte norte, en los ventanales que miran a la cordillera, todavía venden libros usados sobre la vereda. Amantes y amigos remataron allí parte de mi biblioteca invadida con entusiasmo y vendida con fruición. Alguna vez compré uno, con mi nombre bien firmado en letra chica: “claudio ferrufino coqueugniot, Valencia, 1986”. Extraño adquirir por un monto algo que fue tuyo y que sigue siendo tuyo porque no te deshiciste de él. Infortunio de viajeros y desgracia de enamorado, dirán. Aunque, bien pensado, un gran culo bien valía un Cendrars.

… el Correo. Rebusco entre una cantidad de ejemplares de la Colección Austral, esa que compraba de niño y en la que leí La Ilíada, entre otros. El color naranja de la cubierta señalaba que se trataba de un libro de biografías, jamás abierto. Mazarino, de Auguste Bailly, edición de 1969. Lo primero que me vino a la mente fueron las líneas del segundo libro de la saga de Dumas, ya mencionado. A la magnificencia aventurera de Los tres mosqueteros le seguía este, no menos activo, pero que comenzaba con un dejo melancólico y hasta misterioso. Tal vez porque Francia no tenía ya la amenazadora y terrible figura de Armand Jean du Plessis y lo que significó. En su lugar se hallaba un cardenal italiano, ajeno y detestado igual al anterior pero extranjero. En sus manos jugaría el país su futuro como la luz del mundo europeo. Con él venían Rocroi, donde pelearon a muerte los últimos tercios españoles (ver Alatriste, con Viggo Mortensen), y el Rey Sol. Colbert, el ecónomo, y su escuela que trascendería la historia y a sus glamorosos como fracasados antecesores.

Las páginas biográficas de Bailly despiertan el impulso de recrearme de nuevo en historias similares. No es la figura de Mazarino en sí sino la magia del folletín, de la novela por entregas que impulsaba a los autores a hacer de cada una algo magistral. Dumas, por supuesto, pero también Michel Zévaco, Eugenio Sue y Paul Féval, en medio de otros menores. Quisiera, quiero, por un momento dejar la confusa contemporaneidad y dirigir la mirada a los espadachines y damas de honor con veneno en los anillos. Cómo no recordar, en cine, La Reine Margot (Patrice Chéreau, 1994) y su soberbia representación de la novela de Dumas, La reina Margarita. Esas eran historias y no las pajas de bonsáis que nos estorban.

Tomo un Scaramouche, me presto de la biblioteca un Cyrano en devedé y alisto el fin de semana que viene con nieve que obliga al sedentarismo y la calma. No hace mal incursionar en la literatura que nos alegró e hizo vibrar, en los textos del correo del zar, de Verne, o las Indias negras de Salgari, los cazadores burmeses de rubíes y los prisioneros de la isla de Zenda. Hasta Kipling cultivó el género y con él conocí Afganistán. Lo dicho: esas eran historias.

Cierro el Mazarino de Bailly y abro páginas de los monjes y bandidos de Jacques Soubrier que merecen escrito aparte. Recurro, en Bolivia, al argentino Pablo Cingolani, navegante de Río Abajo, en La Paz, que cada vez más se inclina por una literatura que recuerda las pesadillas de Melville, los sueños de Shackleton, y pienso que aquella gran letra de la épica romántica se ha refugiado en los libros de viajes, con sus recovecos que permiten todavía la elucubración mágica, la elucubración maligna y misteriosa. Vivat!

Comienza el martes. “Comienzo el día, aún alucinado”, decía una canción cubana, y me siento a analizar si hoy es día de escribir novelas o de leerlas y escojo lo último. Me hago de un cuchillo curvo y de uno largo y miro receloso por la ventana.

03/11/15
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Publicado en PUÑO Y LETRA (Correo del Sur/Chuquisaca), 30/11/2015, y en el blog del autor, Le Coq en Fer, 8/12/2015

Imagen: Cuadro de Laumosnier, que muestra la entrevista entre Luis XIV de Francia y Felipe IV de España, en la Isla de los Faisanes en 1659. Detrás de los reyes sus máximos representantes ( validos o primeros ministros ), el Cardenal Mazarino entre ellos. 
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22 de abril de 2018

Dulce despertar

Concha Pelayo

Esta misma mañana, sintonizo la radio y me sorprende Juan José Millas hablando de la muerte. Dice que a él le gusta la muerte, que lo que le da miedo o temor se abraza a ello porque todo le resulta muy morboso. Y la muerte, cómo no, mucho más todavía.

Confieso que he disfrutado escuchando a Millas porque comparto absolutamente ese sentimiento trágico de la vida a la que se adereza con un poco de humor, porque la muerte también nos lleva a situaciones en las que invita a la chanza y al humor. Millas ilustraba su intervención, para su espacio de radio, acercándose a un importante cementerio de Madrid donde debe haber unas enormes salas para las diferentes celebraciones. Le recordaba, incluso, a las cárceles; ruidos metálicos, puertas herméticas, frío, mucho más frío a medida que se iba acercando, imagino, a las cámaras donde se guarda a los muertos. Decía Millas que a medida que nos vamos haciendo mayores, cuando vamos a un velatorio, pasamos, de quedarnos en la entrada del mismo, fumando y hablando con la gente, hasta ser nosotros los protagonistas. Esto se debe a que los que se han ido son conocidos o no muy allegados. Otra cosa es cuando se nos van seres queridos muy cercanos: abuelos, padres, tíos, amigos íntimos...Entonces nos situamos mucho más cerca del finado. Es decir, vamos ganando terreno hasta situarnos a un metro del cadáver. Lo siguiente será cuando seamos nosotros los que nos metamos dentro. (de la caja, claro)

Por supuesto que al oír esto último, no sólo sonreí, sino que solté una gran carcajada y me acordé, cómo no iba acordarme dada la afición que, como Millás, siento por la Parca, de las numerosas situaciones que he vivido siendo la muerte protagonista. La Parca, no lo puedo evitar, me persigue, y no como decía Carmen Rigalt, porque me vaya haciendo mayor, sino porque me atrae. Y me atrae la muerte y todo lo que conlleva porque soy consciente de que no habría vida sin muerte. De hecho me gusta visitar los cementerios, tanto los de las grandes ciudades como los de los pequeños pueblecitos. Recuerdo uno en Londres, fascinante, donde entre sus tumbas, las calles bien diseñadas, se paseaban las señoras, incluso pasaban niños y adultos en bicicletas, incluso vi alguna anciana tejiendo sentada sobre una lápida. Conocí también los cementerios en Buenos Aires o en Montevideo. Allí se erguían monumentales obras de arte talladas en granito. Los turistas se detenían en las tumbas de cantantes, escritores, importantes militares. También visité el de Zagreb, en Croacia, creo que declarado de interés turístico internacional por la Unesco. También he visitado en dos ocasiones el de San Isidro de Madrid y me he detenido extasiada delante de tumbas desde mil ochocientos. Fascinantes.

Y cómo no, me he colado por alguna puerta entreabierta del cementerio de una pequeña aldea en cualquier lugar de España o del extranjero. En Galicia hay maravillosos cementerios, también en Asturias. En Luarca visité el cementerio donde está enterrado Severo Ochoa. Se deslizan sus tumbas acariciando la montaña hacia el mar. Una belleza, blanco sobre verde. Hace poco estuve en el cementerio de Fez, en Marruecos. Blanco inmaculado sobre una tierra ocre. En Marruecos, hasta las tumbas se escapan  de las tapias de los cementerios. Así los vi por el Atlas y por esos lugares recónditos donde la tierra es dueña de si misma y la civilización está ausente. De vez en cuando, un hombre, unas cabras, unos niños o alguna mujer con vaporoso vestido aparecen  en el paisaje. También esas tumbas a las que me refiero.

La muerte da para mucho, invita a recrear la imaginación e incita a rememorar acontecimientos. Mi padre, cuando estaba de cuerpo presente y nos hallábamos reunidos todos sus familiares en el tanatorio esperando a un hermano suyo, sacerdote; a una hermana se le ocurrió que tal vez, nuestro tío querría celebrar la misa de funeral de su hermano. Como el tanatorio estaba próximo a la iglesia yo misma me ofrecí para ir a decírselo al cura párroco. Al llegar me cruzo con un cura bastante mayor al que conocía de vista y que oficiaba en la iglesia de vez en cuando y le dije lo que habíamos pensado. Me contestó que no había ningún problema. No era el párroco de la parroquia pues yo lo conocía mucho y se llamaba don Rogelio. Entonces, algo pasó por mi cabeza, muy atolondrada para la ocasión, y le espeto así, de repente: ¿Es usted el padre de don Rogelio? Se ve que mi subconsciente me jugó una mala pasada y me diría algo así como, de padre médico hijo médico, de padre maestro hijo maestro y de padre cura, hijo cura, y me debí de quedar tan pancha. Por eso cuando le voy con esas al pobre cura, vestido de rigurosa sotana negra, me responde con una cara escandalizada, NOOOO…NOOOO…NOOOO. Pero yo vuelvo a insistir: No es usted el padre de don Rogelio? Nooooo. Nooooo. Nooooo. Y me lo decía con la cara demudada pero yo no supe adivinar. Le di las gracias y volví al tanatorio.

Al llegar le digo a mis hermanas: Ya está arreglado. He hablado con un cura bastante mayor pero no es el padre de don Rogelio. Entonces mi hermana me dice, con la misma cara de horror e incredulidad del cura: Pero….¿estás loca, cómo iba a ser ese cura el padre de don Rogelio? Hasta ese momento no había reparado en mi metedura de pata y en mi atolondramiento. Reímos a carcajadas mientras mi pobre padre estaba de cuerpo presente. Bueno, la verdad, lo que yo preguntaba es tan viejo como la vida. Todos sabemos de la paternidad de muchos sacerdotes, pero lo mío era otra cosa. Una chaladura del inconsciente.

La muerte es cruel sí, nadie debería morir, pero ya de puestos, hay que tomarla con alegría y hasta con cierta sorna. Mejor nos iría.



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21 de abril de 2018

Morir en Mascate


Pablo Cingolani

La muerte del DJ sueco en Mascate, una ciudad de la península arábiga, capital del Sultanato de Omán, me trajo el recuerdo de Rimbaud y su fuga-odisea abisinia. De hecho, el DJ había renunciado a la música años atrás, lo mismo que había hecho el francés, antes de partir hacia el África: había renunciado a la poesía, al mundo donde la poesía –o la música electrónica- representaban algo, algo simbólico, un valor, un sentido, una vida en correspondencia, un destino.
Ese torcer el destino, o encontrarlo –así sea en medio de los más inverosímiles padecimientos que provoca el desarraigo forzado del mundo tal cual lo conocían (es el caso histórico de Arthur Rimbaud)- es lo que destaca en la noticia de la muerte de este muchacho sueco, al menos si tomamos nota del lugar de su partida: Mascate, Omán, Ormuz, la Arabia mítica de los jinetes del desierto, un territorio fértil a las imaginaciones devastadas de los occidentales, un Nuevo Mundo con todas las letras.
He leído en algún periódico digital que el nombre de guerra artístico del músico aludía al ámbito más horroroso de los infiernos según las creencias budistas. Que una estrella del mercado musical contemporáneo se haya rebautizado así es también un mensaje y, sin dudas, aporta coherencia al hecho de que sea Mascate, la capital omaní, el lugar donde haya encontrado un final para su vertiginosa vida.
Vida, éxito, fama, todo en entredicho: las semblanzas que leí lo pintan en un tour de forcé agobiante metido en los estudios o dando conciertos. Sus dichos aportan luz en la misma dirección. Todo era un reverendo desquicio donde el alcohol buscaba alumbrar la lucidez para no caer en la demencia que procuran las garras tenebrosas del “star system” y el mercado global del entretenimiento cultural. Supongo que haber muerto en Mascate aporta a esa vida un rasgo de autenticidad y hasta de heroísmo.

Musicalmente, yo viví la década de los 70, cuando ya el rock comenzaba a ser un mega negocio dentro de la esfera del mundo capitalista e incluso una bandera de lucha simbólica contra ese comunismo soviético que todavía existía. La primera tanda de suicidados por la sociedad –los Jimi Hendrix, los Jim Morrison, las Janis Joplin- estaba queriendo ser sepultada por los supergrupos de rock (sinfónico o duro), máquinas de sonido impecables pero donde la subversión contracultural se desviaba hacia el misticismo o la historia o la música por la música misma. Tal vez el secreto de la supervivencia de los Rolling Stones haya estado en haber seguido aportando una dosis suficiente de crítica social en sus canciones y no domesticarse sólo por el dinero –como hubiera dicho otro indomable, Frank Vincent Zappa.
Pero aún en los 70, hubo parias. Y anoto una: Patti Smith. Y la anoto porque era tremendo el amor que la gringa profesaba por Rimbaud –ella también, más allá y más acá de su música, una poeta demoledora. Y la anoto porque ella decía, esos años setentosos, que si Rimbaud viviera en ese tiempo usaría la guitarra eléctrica, usaría una  Fender, para expresarse y para gritarle al mundo su poesía. Era todo un mensaje de redención, de continuidad y renacimiento de la historia, la cultura y la rebeldía, era la magia que todavía podía conmovernos.
Ahora, en 2018, vuelvo a convocar a Rimbaud, el mismo Rimbaud oracular que la Smith convocaba, pero sólo para situar una tumba, oscura como son todas las tumbas, como diría Malcolm Lowry, otro maldito. ¿Habrá redención? En un mundo afónico, esta geografía de la muerte, este último destino omaní del DJ sueco, tal vez logré que esos dos o tres a lo Apollinaire, esos tres o cuatro a lo Ezra Pound, busquen en los mapas de Google donde es que queda eso, Omán, tan lejos de nosotros y, en este mundo acuciante, tan cerca de Siria, de Irak, de Irán o de Afganistán, el centro blando del orbe y donde hoy se define el futuro del planeta.

Pablo Cingolani


Río Abajo, 21 de abril de 2018
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20 de abril de 2018

La comida y todas las sangres

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Pues, heme aquí, con mandil y gorra de cocinero para evitar que se me caigan los pelos. Trabajo de mierda, diría, si no me gustara. Pero trabajo de mierda es, esclavizante.

La casa huele a ajo. Esta predilección personal va pesando en el ambiente. Por ahora, y hasta peor fecha, me ayuda Ligia, “mi” mujer. Siempre lo ha hecho a pesar de chocar duramente entre nosotros: ella con sus características italianas del sur, de Calabria y la Camorra para ser precisos, y yo, en algún grado de mis sangres, con la placidez campesina de los piamonteses acurrucados contra el frío. Le digo, con ánimo de molestar, un exabrupto popular en la Italia racista: que Calabria, como Sicilia, ya es África. Ahí el ajo se revuelve, termina como una Bagna càuda de mis ancestros montañeses. Sabrosa, olorosa, fuerte.

La gastronomía, por el tiempo, tropieza con la literatura. Hay que ser negligente con alguna de ellas, y las letras, pobres en su salario, se condenan de por sí. Por ahora, digo, porque suelo acostumbrarme a nuevas exigencias con soltura y hallarle maneras para que acuda el tan ansiado descanso, ido en el momento en que fuerzo este texto como un ejercicio.

¿Cuál la relación entre la sangre y la culinaria? Mucha. La memoria íntima, la que sabe de dónde venimos sin decirlo, guarda la experiencia colectiva de generaciones. Tal vez no en verbo o palabra, quizá por circunstancias históricas. La guarda en el sabor, tan sutil que es ajeno a cualquier imposición, a cualquier colonia. Y surge, de improviso, al momento de tener pimientos verdes y tomates en las manos, o tubérculos del Ande. La memoria recuerda y ensaya para materializar lo antiguo en el presente. Surge así, mientras más mezclado se sea, con sorprendentes resultados, creados, moldeados, sugeridos como un poema. En el achiote echado encima del caldo para colorearlo puede haber geografías y personas olvidadas pero latentes. Muy bueno eso, demasiado, sentir que dentro de uno, del corazón y las manos, hay, o despiertan, homúnculos del tiempo ido, fantasmas que nada puede acabar.

La inventiva, la creatividad, no son designios naturales, genialidades del tiempo. En la comida, en mi caso, refieren creo que con exactitud a la cohorte de mis orígenes, que más mixturado soy que caldosa cubana. Tal vez me falte esa dosis de sangre negra que me haría alegre y bailarín. Falta me hace en esta seria tragedia occidental. Aunque esa gloriosa África la completo en música mientras escribo o cocino, en taarabs de Zanzíbar u orquestas cincuenteras de Maputo. Cubro esa falencia conversando con Matthew, nigeriano de los antiguos, que comparte sus ignotos cantores conmigo; me los anota, sugiere.

Me gusta pertenecer a una muchedumbre de continentes. No tengo lo aburrido de la sangre pura, la pura sangre. A veces, cuando echo un chorro de jerez sobre el hirviente puerco, me pregunto quién actúa dentro mío, qué cronología hay en ese hecho gratuito, impensado, de inventar. No necesariamente un ancestro dedicado al arte de preparar y cocer, sino solo la memoria de la sal y la pimienta, el olor que traslada a pasados remotos y desconocidos.

Mi ventaja. La de poder ofrecer casi sin esfuerzo extrañas combinaciones de especias y productos, venidas de arcanos multipopulares. La comida más rica es siempre la que cuenta con mayor diversidad, la que flotó sobre las aguas de todas las guerras y masacres, la que se enroscó a un madero para sobrevivir en eternidad. Intensa, además, porque así parecen ser las cosas que se agitan y se entremezclan. Casi como la pólvora, que explota en su conjunción y cuyos elementos en soledad carecen de su lujuria.

Callo ahora, porque llega el tiempo de machacar la mejorana, mi hierba secreta que suple –no siempre- al perejil, y que queda perfecta adobada a la res o al puerco. Percibo el romero, el orégano, y me mancho la piel con airampo.


*Publicado originalmente en Inmediaciones (19/abril/2018)
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19 de abril de 2018

Bilbao, Bilbao...

Miguel Sánchez-Ostiz

Esta mañana, en el Café Iruña, me acordaba de mis viajes a Bilbao en los años setenta, ochenta y hasta mediados de los noventa. Casi todos fueron viajes felices: conferencias, lecturas, libros y encuentros con buenos amigos que todavía conservo y con otra gente que lamento de veras haber conocido y tratado. Las cosas se han torcido y retorcido mucho en estos años por razones diversas, la política una de ellas, y el mismo periódico que te jaleaba entonces y en cuyas páginas escribías, hoy te silencia y veta de manera grotesca. Aquellas tertulias del Café Concordia pasaron a mejor vida antes incluso que el propio café... lo del remedo de una nueva Escuela Romana del Pirineo era una sandez y al final, del modelo liberal unamuniano solo quedó la bandería y las trincheras, es decir, la más genuina tradición del país.
Esta tarde, después de presentar en una librería mi libro Chuquiago, llegué al Hotel Carlton a tiempo de escuchar a una escritora decir que le gustaba tanto Bilbao que iba a meter o había metido «un personaje vasco» en una de sus novelas. Cosas que oyes y te hacen desternillarte de la risa. Somos estrafalarios de veras y cuando nos ponen un micrófono delante de la boca no nos resistimos a soltar lo primero que se nos ocurre. También oía al pasar un retazo de conversación: «Oye, a sus treinta y cinco años se ha escrito una novela entera... y él solo», le decía un trabajador a otro que estaban a las puertas de EITB echando un pitillo. Frases, palabras aladas que se quedan colgando, como esta escuchada con desgana: «Bah, un escribidor que escribe de esto y de lo otro», puesta en boca de un jurado del premio Euskadi de literatura para desautorizar la obra de un autor hacia el que tiene inquina manifiesta expresada de manera pública.
Bilbao, Bilbao... en los versos de Brecht o en los de Blaise Cendrars, y sobre todo en los de Blas de Otero.


*Publicado originalmente en el blog del autor, Vivir de buena gana (18/04/2018)
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18 de abril de 2018

Una historia de Trevor Luxor Page


Pablo Cingolani 

Jamás le digas a nadie donde estoy –me imploró. De verdad, Pablo, al menos hasta que ya no esté- sus ojos se clavaron en los míos aquella noche de paranoias en San Antonio de Cobres, donde ahora Trevor Luxor Page encontró, al fin, descanso. Fue Teresa, su viuda argentina, la que me comunicó la noticia, vía correo electrónico. Cuando quieras, vas a venir a buscar los mapas, agregó.

Trevor Luxor Page se había obsesionado con lo que él llamaba “economía de escasez”, “lugares de amparo” y “santuarios de humanidad” y por eso se fue a vivir a San Antonio de los Cobres, en la puna salteña, donde conoció a Teresa y donde vivió aislado más de un cuarto de siglo de su mundo, del mundo que había conocido, del mundo donde fue primo de Jimy, el guitarrista de Led Zeppelin, y donde era un respetado zooarqueólogo, valorado por sus investigaciones sobre colapsos ambientales y la desaparición de antiguas culturas. Un asunto demoledor.

Una de esas investigaciones, o mejor dicho: los desgarramientos espirituales que le procuró una investigación –la que realizó en la Isla de Pascua- fue lo que lo condujo hasta Bolivia, a donde lo conocí, a principios de los 90.

Trevor había llegado hasta aquí imantado por lo que le contaba sobre estos parajes otro amigo científico, Peter (nombre supuesto. Sigue vivo), otro arqueólogo que andaba por el Umasuyu cartografiando la red de construcciones hidráulicas de los antiguos andinos.  Nosotros “videábamos” su trabajo sobre esta maravillosa manera de sobrevivir a la hostilidad del medio. Peter encontraba cochas y canales entre los cerros como si fuera mago. Fue la primera vez que supe de algo llamado GPS.

Una mañana de abril, Peter nos presentó a su amigo Trevor. Simpático el Trevor pero en su mirada guardaba algún secreto o atesoraba algo impreciso, una búsqueda. Flaco, alto, peludo: look sesentoso. Recuerdo una/la  borrachera en Achacachi, de regreso a la ciudad, tras dos semanas con los Andes profundos entre pecho y espalda: Page, el recién llegado, empezó a abominar al GPS, el Global Positioning System, el Sistema de Posicionamiento Global, diciendo que iba a terminar de abolir la relación humana con el espacio, “el misterio de la geografía”, “la seducción de la lejanía”, cosas por el estilo. Esa noche, esa misma noche, cuando los demás dormían, Trevor Luxor Page me empezó a contar su historia. Su intrigante historia.

“La playa de Anakena, en Rapa Nui, en la que se conoce también como la Isla de Pascua, era un lugar indómito: tú te sientes verdaderamente en el fin del mundo, en el sitio más aislado del resto del planeta. Pero aunque reine la desolación, también te atrapa, te magnetiza. Estuve trabajando allí cuatro largos años. En verdad, mi misión duraba sólo seis meses –el tiempo suficiente para inspeccionar la zona y recoger muestras- pero me quedé, me agarró tan fuerte el sentimiento de desamparo, de saber que allí desembarcaron los primeros humanos que poblaron la isla, de saber que allí llegaron y que nunca jamás volvieron ni se fueron a ningún otro lado que me quedé, me arraigué de pronto a ese destino, su destino, un destino trágico, porque el aislamiento en semejante morada los condujo a arrasar con la flora y acabar con todos los árboles y eso, a su vez, los condujo al desastre, al exterminio, a la lucha fratricida, al canibalismo, al corazón mismo de las tinieblas humanas…” –Lo juro: la luz de un mechero que rebotaba en el vidrio ambarino del bosque de botellas de cerveza que nos separaba, daba un aura sobrenatural al rostro angulado de Trevor Luxor Page. Sus palabras resonaban como mantras desquiciantes o como la voz de San Juan relatando el apocalipsis.

Las palabras de Trevor siempre me vuelven: “Instalé una carpa en la playa de Anakena y me dediqué con prolijidad a estudiar los vertederos de lo que fue el primer establecimiento humano en la isla. ¿Sabes qué? Hallé y logré clasificar 8774 huesos de aves y otros animales comestibles que sirvieron de alimento a los que arribaron.[1] El resultado fue increíble y, a la vez, devastador. Encontré evidencias de nueve especies endémicas de aves terrestres en una isla donde ahora no existe ninguna. Había loros y lechuzas, garzas y otros plumíferos en Rapa Nui: todos habían sido devorados hasta su total desaparición. Encontré evidencias aún más devastadoras: restos de al menos una treintena de aves migratorias que anidaban en los roquedales isleños. Eran huesos de pelicanos, de petreles, de gaviotas, de alcatraces, de palomas, de faisanes oceánicos, de golondrinas de mar y eran huesos de albatros, de cientos de albatros, y ¿tú te recuerdas, Pablo, aquel poema? –un poncho rojo apareció de la sombra, de la nada, de las encrucijadas del destino que estaba siendo convocado, nos saludó en su idioma, el aymara, y nos ofreció un poco del trago más áspero del universo: alcohol marca Caimán del pico, 98 grados a la sombra, directo de su corazón al nuestro y fue entonces que las palabras de Samuel Taylor Coleridge empezaron a resonar en un cuarto de bebidas de Achacachi: “Y el Albatros comienza a ser vengado…y el albatros comienza a ser vengado…”

“Tal cual, prosiguió Trevor Luxor Page, tal cual, mi estimado –se refería al poncho rojo que ya estaba cómodamente sentado en nuestra mesa- Se desató la lucha de clases –Trevor, en su juventud, había militado en una fracción del maoísmo de línea albanesa en las aulas de la Universidad de Brisbane-, digo lucha de clases por llamarlo de alguna manera: ya no había posibilidades de redención social, no había nada que socializar, hasta los cangrejos de las playas se habían comido, no quedaba ni un palo para armar balsas y cazar delfines, no había nada: se habían empezado a comer entre ellos, no les quedaba otra cosa que masticarse mutuamente. Bueno, primero, se los masticaron a ellos, a la casta, a los ricos, a los sacerdotes, a los poderosos: por eso, voltearon a los moais y si se les hubieran podido comer, se los hubieran comido, pero no podían. Entonces, amigos, imaginen ese cuadro, dantesco si quieren, porque seguro lo fue, hombres exhaustos, comiéndose entre hermanos, devorándose en medio del delirio a sus propios hijos, a sus hijas: yo no hubiera querido nunca estar allí, en un verdadero fin de los tiempos, un genuino hasta aquí llegamos, no va más my friend: no hay más nada que se puede hacer, yo te como o vos me comes, el hombre lobo del hombre…”. El relato sobrecogía.

El ermitaño del bosque, en La balada del viejo marinero, sentenció que cada hombre debía “enseñar con su propio ejemplo, el amor y el respeto/ para todas las cosas que Dios hizo, y que ama”. La profecía de Coleridge ya se había cumplido: Rapa Nui se había vuelto la tierra baldía. Y el alma de Trevor Luxor Page se había estrujado con sus propios hallazgos arqueológicos y se había vuelto como el albatros-poeta de ese otro poema, el poema de Baudelaire: la siniestra majestad de la crueldad buscaba arrojarlo sobre las húmedas tablas de la cubierta de la nave humana pero él, a diferencia de aquella triste ave quemada por la pipa de un sádico bastardo, quería vivir. Por eso, había arribado a Bolivia. Por eso mismo, andaba contando. El poncho rojo, a su vez, sentenció: “igual aquí fue. El rayo los partió a todos. El rayo que envió Warikunka”. A Trevor Luxor Page, en el medio del destino que buscaba comprenderlo, se le iluminaron los ojos.

Trevor había estudiado como los asanazis de Arizona habían desaparecido, como los mayas de las pirámides habían sucumbido y como los Rapa Nui se habían comido entre ellos y un indio de los Andes le empezó a contar su vida en verso: así es pues, papá, tatita, lo que no le das a la tierra, la tierra siempre te lo quita. El poncho rojo, borrachera y memoria, empezó a hablar, a hablar en lenguas, en lenguas adánicas a lo Villamil de Rada y no sólo le empujó su antigua vida a los abismos de eso irremediable que no tiene otro lugar que el misterio sino que empezó a traducírsela, a escribírsela de nuevo en su piel, en su piel gastada de zooarqueólogo, en su piel oxidada de estudiar la vida pero no terminar nunca de comprenderla y, bueno, ¿ustedes creen en epifanías? Yo sí. Y bueno: sucedió eso. El poncho rojo –se llamaba Santiago-, el poncho rojo nos amaneció de historias, de historias de esa vida dura pero fértil que sólo la compañía de la piedra, la comunión con la piedra, pueden promover y Trevor se iluminó, Trevor, diremos, se convirtió. Se volvió un fiel devoto de los Andes.

El final de esa noche fue de día. Trevor se desató y empezó a elucubrar un plan insurreccional al que buscaba sumarnos: debíamos apoyar la liberación de la isla de Pascua de la dominación chilena. Bolivia, decía, tenía una correspondencia: Chile le había arrebatado Atacama y su mar. Yo conozco, decía Trevor, unos muchachos rapenses que piensan que hay que conformar un movimiento de liberación nacional de Rapa Nui y empezar la lucha armada contra los invasores chilenos, igual que Timor Este contra los indonesios –yo estaba leyendo La redundancia del valor de Timothy Mo y sentía que habitaba otra novela, una novela que empezaba a escribirse de madrugada, frente a la imponencia del Tata Illampu que brillaba su nieve con los primeros rayos del sol.
Trevor Luxor Page proseguía hasta la extenuación: ellos dicen que se puede forjar una confederación isleña, una constelación de islas rebeldes, una emancipación conjunta de Rapa Nui, de Juan Fernández, de Sala y Gómez y las islas Desventuradas y crear una nueva patria, una patria de aguas, una patria de sobrevivientes y de deshabitados, una patria que de tanto desamparo promueva el renacer de la esperanza en el mundo: si Rapa Nui fue la evidencia de la destrucción de un mundo puede ser, a su vez, la evidencia de su alborada, la perpetuación de la posibilidad de un nuevo mundo, de nuevos mundos, un mundo para todos –eso decía Trevor y Santiago ya estaba fresco como una lechuga y andá a saber qué pensaría y yo pensaba mirando a la montaña sagrada: ¿y porque no? El mundo no está hecho para rendirse, el mundo está hecho para los que se atreven al mundo, el mundo es de los audaces, aunque sea sólo para soñarlo así. Nos volvimos amigos, nos volvimos hermanos con Trevor Luxor Page: nos vinimos a La Paz.

Esto se está abultando de palabras y como diría el señor Shakespeare las palabras son solo eso, así que las angosto y, para sintetizar, esto es lo que anotaré: Trevor Luxor Page decidió no volver. Decidió quedarse. Tenía algunos buenos ahorros en el banco: los reunió a todos en mi casa del bosque de Bolognia. No diré la cifra pero fue la primera vez que vi más de cien mil dólares juntos. Era mucha plata. Pablo, me dijo, quiero compartir esto con vos. Ni en pedo, le dije, es tu dinero y es tu vida, yo no quiero escapar de nada, yo estoy aquí y aquí me quedo. Entonces, me dijo, ayúdame a encontrar a donde voy a ir. Aquí es donde aparecen los mapas, esos mapas que su viuda, la Teresa, me invitó a volver a ir a buscarlos en San Antonio de los Cobres.
Yo andaba haciendo un estudio sobre las rutas de la arriería en el sur andino, una historia de los caminos de las punas, y había reunido un mosaico de mapas de Bolivia, de Chile y de Argentina escala 1:250.000 que, puestos todos juntos, ocupaban toda la sala de la casita donde vivíamos. Era algo hermoso, que extraño: caminar sobre los mapas, nos sacábamos los borceguíes y caminábamos en medias –como kabuki- sobre los mapas, caminabas sobre las mapas, sobre la santa dama y la muy digna señora de la cartografía. Así sin GPS, así elegimos un destino, así elegimos a San Antonio de los Cobres. Fuimos. Teresa era una moradora, una coya neta, que estaba a cargo de la oficina de correos. Yo sentí el flechazo mutuo. Te lo dejo, Teresita querida: cuidameló.

La última vez que vi a Trevor fue hace algunos años –cuatro- y se había construido un refugio en las faldas del Acay, el imponente nevado camino a La Poma. Teresa se cagaba de risa: el gringo, el gringo le decía, se ha vuelto loco, Pablo: dice que allí nos vamos a proteger de la guerra nuclear, del fin del mundo, andá vos a hablarle y vas a ver todas las huevadas que te dice. Fui hasta el Acay. Allí se había atrincherado el gringo, el Trevor, mi amigo, mi hermano: la casa era un lujo, un lujo de piedra –a lo Ezra Pound-, un lujo con energía solar y un ingenioso acueducto que recogía agua de unas vertientes y más lujoso aún era su sótano: allí estaban desplegados en las paredes todos los mapas –mis mapas- y las rutas de escape frente a la hecatombe, allí estaba expuesta la condensación, la catalización paranoica de toda una vida, esa que rasgó, esa que hizo trizas la triste historia de la antigua Rapa Nui. Cuando nos vimos, nos habíamos abrazado con Trevor como si nunca más nos abrazaríamos. Todo era épico, allí, allá en el Acay.[2]

Estaba obsesionado con Libia, ¿viste como lo reventaron a Kadafi? Son unos hijos de puta los yanquis, son igual que la casta rápense que llevó a la isla a la destrucción, que llevó al pueblo a comerse entre ellos, ¿te acordás de aquella noche en Achacachi donde te conté lo que había sucedido en Rapa Nui? Si, Trevor, si querido. Bueno, hermano: lo mismo está pasando con el mundo. Si, Trevor, si querido. Me mostró dos libros que estaba leyendo: eran La historia de Mayta de Vargas Llosa y un libro de cuentos de Julian Barnes, La historia del mundo en diez capítulos y medio. Yo recordé una de las historias de este libro. La de la australiana que se va en su velero hacia el mar queriendo escapar del apocalipsis atómico que sólo estaba en su mente. Era un relato triste. Volví a San Antonio donde la Teresa había abierto un bar para los turistas de Urtubey, de la Salta que enamora y todas esas pajas que se dicen para que los turistas vengan.
Te lo dejo, Teresita querida: cuidameló, le volví a decir tras que nos empinamos ocho botellas de vino, de buen vino, y hablamos toda una noche de duendes, de arrieros y de apariciones, como debe ser. Dale saludos a la Carolina, me despidió cuando ya era de día esa noche y yo me regresé hasta aquí, desde donde escribo, hasta Río Abajo.

¿Dónde lo vas a enterrar?- le pregunté en mi correo de respuesta.
Ya lo enterré, Pablo. Lo enterré en el Acay. Detrás de la casa, hay una vega hermosa donde se derrama la nieve: allí tiene su cruz, su tumba y su destino –me contestó Teresa. Cuando quieras, vas a venir a buscar los mapas, agregó.

Pablo Cingolani
Río Abajo, abril de 2018
Mi agradecimiento a Álvaro Díez Astete por la lectura y corrección del texto.



[1] La fama de Trevor Luxor Page como zooarqueólogo es legendaria. Un colega aseguró de él: “su capacidad de identificación y la resistencia a la tensión ocular de Trevor era admirable: mientras que yo no sabría cómo distinguir el hueso de una urraca del de un cuervo  o siquiera del de una ardilla, Trevor ha aprendido a diferenciar entre sí incluso los huesos de una docena de especies muy similares de petrel, Es una máquina de identificar”. Trevor Luxor Page también recuperó unos cuantos huesos de focas que en la actualidad habitan en las islas Galápagos y en Juan Fernández, al este de Pascua, pero no está claro si esos pocos huesos de foca de la isla de Pascua procedían de antiguas colonias de cría o si, por el contrario, fueron simplemente los de algunos ejemplares vagabundos que, como sea, fueron devorados, crudos o cocidos, por los antiguos habitantes de Rapa Nui.
[2] A un lado de los mapas, Trevor Luxor Page había enmarcado en cacto una foto de su primo Jimy con una dedicatoria que decía: “Para el loco de mi primo Trevor”. Al lado, lucía la tapa del disco Led Zeppelin II firmada por todos los integrantes del grupo. . Su plan de sobrevivencia era así: había establecido tres rutas para cruzar la cordillera y el desierto para llegar al mar. Una vez en la costa, el plan de Trevor era robar alguna embarcación para lanzarse a las aguas y llegar a Rapa Nui –y sumarse a la resistencia- o, en su defecto, arribar a las Islas Desventuradas –que estaban formalmente deshabitadas. Tenía listas unas diez mochilas de escape. Cuando le pregunté por la cantidad, me respondió que estaba listo ante la eventualidad de que se sumasen a la lucha algunos compañeros. 
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Elogio de la hostilidad


Pablo Cingolani

Pasan los años y advierto que mi amor por las montañas no es otra cosa que un desgarrante amor por la hostilidad. Es un amor de desgarros: a la veneración por la belleza de lo áspero se opone –se conjuga- una dosis inevitable de dolor, de soledad, de sacrificio. No es así nomás ese amor extremo. Es duro como la piedra. Y aunque las piedras me hablen, no deja de ser el rostro luminoso de algo semejante a un martirio, un martirio que además es autoimpuesto.
No me adapto. Carezco de cualquier atisbo de duda sobre el destino. Es más: al destino lo he vuelto ese amigo fiel, invisible pero fiel, con el cual dialogo y me confieso en el medio de los cerros. El destino, ese destino, no cualquier destino, se asemeja mucho a ese venerable mundo hostil que es el mundo de las montañas. El destino, ese destino, es un espejo incesante que trasmuta a la piedra en vida y a la vida la vuelve esa piedra forjadora de destino, esa piedra-imán que deviene piedra-brújula, piedra-faro, piedra-horizonte, piedra blindada de fe y de esperanza: la Madre de Todas las Piedras, la Gran Dadora, la Madre Nutricia de Todas las Vidas.
¿Qué la recompensa es escasa? Puede ser. El mundo de la hostilidad es un mundo de escasez, de pequeñas dichas, de nada que hoy tenga valor en este planeta de desarraigos forzosos. Pero es un mundo, es un espejo, capaz de neutralizar el daño que te causa ese otro mundo de apariencias y de simulaciones que hacen sufrir, demenciar y llorar a la especie.
Es un mundo real –la realidad de lo hostil- donde no hay conjeturas posibles o mejor: no hay conjeturas que no te vuelvan a arraigar al origen. Por eso, no dudas. Por eso, sabes a dónde estás yendo, sabes que siempre estás volviendo y que esa vuelta al origen no tiene precio.
Es sólo virtud, esa virtud espinosa y que duele y que es la suprema virtud de lo hostil, la recompensa de la hostilidad: eso que te amarra al destino y te aleja de las mutilaciones y los absurdos padecimientos que acechan en ese mundo, el otro, donde la tecnología ha arrasado con todo lo bello y con todo lo bueno.
En ese mundo, ya no queda más opción que acoplarse al desangramiento –y simular una felicidad imposible- o, simplemente, evitarlo, evadirlo, escapar de él, fugarse en busca del destino, liberarse al fin de la mentira, de la crueldad, de esa complacencia obscena con la mentira y con la crueldad, y morar en el lado hostil, el lado áspero, el lado salvaje, el lado donde los sueños son eternos pero, al fin y al cabo, son sueños y no toda esta mierda de los mercaderes que nos enchastra, el último invento de la aldea global: lo políticamente correcto. San Juan de la Cruz vive y, algún día, volverá.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 18 de abril de 2018

Fotografía: "El Roble Guacho", © Jorge Muzam
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14 de abril de 2018

EL PUDOR


Concha Pelayo 

Leo en Babelia del País de fecha 14 de abril un interesante artículo de Manuel Vilas sobre el Pudor, ese pudor que tienen muchos escritores españoles que no son capaces de escribir con la libertad que le pide el cuerpo y disfrazan la realidad con subterfugios llevando al lector por  pacatos vericuetos y juegos de palabras que empañan lo que está latente y que el lector adivina. Pero así el escritor se siente más o menos seguro, como en el confesionario, con la rejilla que le separa del confesor.

El pudor tiene mucho que ver con la época que vive cada cual y con las circunstancias culturales. En España, la dictadura franquista y el catolicismo, aquella España en blanco y negro de nuestras abuelas arrodilladas sobre cojines de colores en las iglesias, cuando a los  santos se les vestía de morado y sonaban las carracas en Semana Santa nos marcó a muchos españoles y nos sigue marcando cuando nos enfrentamos a contar algo, negro sobre blanco.

En mi libro “Cartas sin vuelta”, cuyo prólogo escribió Carmen Rigalt, dice que  esas pinceladas de memorialismo que utilizo le supieron a poco y me invita a que explore el registro del pasado, que no me corte, vamos. La avispada Rigalt adivinó en esas cartas que quedaron muchas cosas por decir, esas cosas que se empoderan de ese pudor añejo y decimonónico que todavía se arrastra por España, del que habla Manuel Vilas.

Hoy mismo, ha venido Rajoy a Zamora. Las calles céntricas, copadas de policías, de hombres desconocidos, trajeados, en chandall, o con jerseys, todos ellos, ojo avizor, intentando detectar al revoltoso. O al terrorista, quién sabe. Rajoy ha venido a Zamora, entre otras cosas, a que le impongan la Capa Alistana, una prenda tosca, parda, que utilizaban mis abuelos y que yo miré asustada tantas veces, colgada sobre una percha detrás de la puerta del  dormitorio de mis abuelos. Aquellas capas se utilizaban para protegerse del frío cuando se iba al campo con el ganado y ahora se guardan con amor, como oro en paño. Era una prenda revestida de dignidad porque quienes la vestían la tenían. A mi, hoy me pide el cuerpo decir aquí, que Rajoy no merece ponerse esa capa, ni tenerla, ni siquiera aceptarla, porque la dignidad se disipa entre palabras, actitudes y acciones. Me adhiero a esos zamoranos que se han sentido ofendidos e indignados por haber impuesto esa preciosa capa a M.Rajoy. Pues mira, lo he escrito. Sin pudor.

Volviendo a Manuel Vilas y a su artículo en el que habla de sus padres, Carmen y Manolo, a los que yo conocí en los años que viví en Barbastro, cuando el autor, Manolín por aquel entonces, tendría unos ocho o diez años.
Yo andaba por los treinta y sus padres por los cuarenta pero fuimos muy buenos amigos y tuvimos grandes conversaciones. Dice que sus padres pertenecieron a una generación que no tuvieron acceso a la cultura pero que “sí estuvieron vivos”. La vida está ahí, al alcance de cualquiera y hay que incorporarse a ella y doy fe de que Carmen y Manolo se subieron a ella sin prejuicios y sin el pudor al uso imperante.

El artista, ya sea desde el mundo de la escritura, de la pintura o la escultura, incluso de la música, se vale siempre de lo que tiene en derredor para crear; de su casa, de su familia, de los árboles que vio por primera vez en el huerto de sus abuelos, de los álamos que crecen en las orillas de los ríos. Se alzan los troncos y se nos antojan fantasmas amenazantes o cautivadores. En sus cortezas se dibujan vulvas femeninas, el sexo siempre presente  en nuestra psique, como ya afirmara Freud. Las ramas a modo de muslos femeninos que se abren al cielo a los que une un enorme sexo femenino. Los sueños se entremezclan con la realidad y la mezcla de ambos da como resultado una literatura nueva, fresca, atrevida. O una obra de arte en evolución para iniciarse el surrealismo. Tal vez el escritor es mucho más comedido que  el artista plástico a la hora de exponer lo que lleva en el subconsciente o en la memoria.

Algunos escritores jamás escriben sobre sí mismos. Yo no sería capaz de hacerlo porque escribir es la mejor forma de que me conozcan y sobre todo, porque es la mejor forma de conocerme a mí misma lo que juzgo casi, misión imposible.

Y en estas ando.
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