22 de octubre de 2017

Tiempo de perros

Miguel Sánchez-Ostiz

Estamos que mordemos. Es asombroso la manera en que nos desautorizamos unos a otros, poseídos de la verdad y el sentido de la historia. Temible ese inapelable saber cómo tienen que ser las cosas, tanto como el sentido de legalidad que unas veces es intocable y otras no, a conveniencia de parte. ¿De verdad que queremos vivir en paz o deseamos de poco secreta manera una hecatombe de bolsillo en la que participar de espectadores y que no nos arrastre con ella? Pugnas estas que no terminan en acuerdo porque no es costumbre, sino en una paz de vencedores y vencidos… y ya volveremos a vernos las caras en la próxima ocasión. Manera parcial, sesgada la mía de ver las cosas, pero lo cierto es que no puedo compartir ni fervores ni entusiasmos, aún sabiendo que en estas circunstancias el de simple espectador es mal papel, temores e inquietud en cambio sí. Tan difícil es hablar con independencia de criterio, con el corazón y cabeza, sin mirar al público ni temer al perjuicio social, como callar. Temo el sentido del orden, la legalidad y del uso de los métodos represivos que tienen quienes gobiernan. Descreo de sus métodos de gobierno y de su rectitud de intención. ¿Importa? Nada. Palabras perdidas en la Taberna de los Cuatro Gatos. Temo lo que está previsiblemente por venir, en lo público y en lo privado, eso es todo.

* Imagen de Bucarest 2007, Kalea Plevnei
*Texto publicado originalmente en el blog del autor, Vivir de buena gana (22/10/2017)
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20 de octubre de 2017

El café y los ausentes

Homero Carvalho Oliva

Alrededor de una taza de café
humeante y fraterno como las antiguas fogatas,
discurre la tarde,
la tarde que se repite eterna,
mientras apalabramos los caminos
y sentimos que amistad es una palabra compartida.


Las multitudinarias palabras
van y vienen, asombran y aclaran,
y bautizados con ellas se siente
la presencia de los ausentes,
los que se fueron participan del diálogo,
acudiendo solícitos a nuestra memoria,
trayéndonos las imágenes olvidadas.

Alguien llega a la mesa
y pide otro café negro,
sin saber que junto con él
vienen sus muertos queridos
y aporta con las palabras que faltaban
para hacer de la reunión
un acontecimiento que, un día después,
olvidaremos para empezar de nuevo
el antiguo ritual del fuego
y las palabras alumbradas.

(De Diario de los caminos)
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Posesión


Pablo Cingolani

La montaña sobrecoge.

Escuchar el inmemorial silencio que la habita es acceder a un mundo de asperezas, de hostilidades, de acechanzas tan entrañables y del cual es tan arduo regresar que uno cede, va cediendo, al hechizo y deja, va dejando, que la piedra que forja a la piedra, la piedra más eterna, que fragua el corazón de la montaña, te penetre, ingrese tan adentro tuyo que ya nunca más puede abandonarte

Y vas, vas con ese blindaje geológico, estético, espiritual, ese andamiaje de la elevación, de la mística que se eleva, vuela, sin desmayo, vas, vas, vas sabiendo, sintiendo que la montaña es ese ardor en los labios que siempre precipita la sed, la búsqueda por saciarla, el empecinamiento, el combate, la ilusión, el hallazgo, la pasión que se encauza, se fortalece ladera abajo, se vuelve cada vez más brava, más viva, más riesgosa, se torna imparable, colmada de fervor y de encanto

Es la piedra, es la montaña, la potencia que maravilla lo áspero y lo hostil y lo transforma en algo tan amable que intentar describirlo es arañarlo, es lamer el viento, es arena que se escurre de tus manos, es el recuerdo de un brillo

La montaña sobrecoge.

Y ese sentimiento debes vivirlo, respirarlo, dejarlo entrar. Si no es así, jamás sabrás que se siente saberte poseído por eso que desmiente la pequeñez, lo fútil, lo absurdo de tantas estrecheces que acosan la mirada, el aliento, el destino

Si no es así, nunca sentirás eso que vibra inmóvil cuando tras que todos los celajes revientan y la belleza se esparce en gotas de magia que inoculan travesías y deseos, eso que se agita enmudeciéndote estallaen esa hora nona donde los duendes despiertan a las lagartijas y juntos cortejan peñascos y abismos

La serena majestad de la montaña no está solo allí para conmoverte: esta allí para arrasar, como un huayco rebelde y redentor, ese desatinado espejo, ese frenesí sin pausa, ese cinismo que ya no ceja y demuele, va demoliendo, todos los iconos y todas las certezas

Si la perdiste, si la has olvidado, si te empecinas y no la encuentras, si alguien, muchos, buscan ocultártela, la montaña te la brinda, la montaña te la entrega victoriosa, limpia, luminosa. Al alba, la noche se exilia con todas las dudas. Amanece. La montaña, generosa, te devuelve la fe.


Pablo Cingolani
Río Abajo, 20 de octubre de 2017

Fotografía: Lorena Ledesma (Cerro El Padre, El Roble, San Fabián)
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Carrascal Boca Abajo, de Claudio Rodríguez Morales

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Cuando leí por primera vez, en su versión digital, Carrascal boca abajo del escritor chileno Claudio Rodríguez Morales, sentí ese pequeño demonio de la envidia que salta en la literatura rusa del XIX. Tuve que decírselo, peor el orín que corroe el fierro que una sana profilaxis. Pues, bien, afirmé entonces, y lo repito ahora que tengo en mano el libro impreso, que esta novela era (es) con mucho superior a todo lo que yo había escrito en 30 años de intentos. Y unas pocas cosas más, elogiosas para él, que mejor callarlas por temor a irritar a los damnificados.

Un libro que denota al lado de un furioso talento, la calma del investigador, para dar como resultado un notable trabajo de ficción, de periodismo, de historia, junto a la lección que significa para el futuro indagar en el pasado y desenmascararlo.

2017

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Publicado originalmente en Le Coq En Fer (18/10/2017)
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La amistad: Variaciones (3)

Roberto Burgos Cantor

El transcurrir de los años implica abandonar pedazos del puzzle inacabado de la vida. Como si fundar un vacío para las piezas nuevas se hiciera a costa de desaparecer las viejas. Esto permite aceptar a plenitud lo nuevo sin someterlo al lastre de lo vivido que se erige en experiencia y da por resuelta la aventura. La impregna y frustra su sorpresa.
Así sentimos, la noche en que los amigos sin la palabra despedida nos reunimos en una terraza de la península de Bocagrande. Era una de las casas que remplazaron las de palafito y alambreras. Por allí venía el viento de mar afuera, nubes de arena, y cuando amainaba se impregnaba la noche de las flores de jardines de playa y del aroma a hierro carcomido de los buques surtos en el muelle. Parecíamos un club de ingleses por la rígida cofradía masculina. Hasta quien atendía la mesa con cervezas y bandejas de queso holandés y pistachos.
Al recordar esa ocasión en que nos vimos los de siempre de esos años, me pregunto por qué oímos solo boleros. Recorrimos las viejas voces y los tonos actuales, Miltiño, Don Octavio. Cada vez: mar, espejo de mi corazón.
Al amanecer de luna náufraga, caminamos sin zapatos por la playa, y vimos el sueño de la piedra, nos llegó la maldición de un borracho solitario, y nos enfrascamos en el silencio. Éramos seis. Sin saberlo ejercimos un tejido de la amistad: hablar de todo.
Aunque esos amigos no estuvieran, dejaron una presencia que fortaleció lo que los días deparaban a cada uno. Al mirar atrás ya no nos convertimos en estatuas de sal sino que reconocemos que allí empezamos a aprender de la compañía. Esa forma de unión salvada por la libertad y lo liviano de la existencia. Quizás ello explique cómo en esa edad son abundantes los suicidios, pesa menos todo.
Cuando los viejos decimeros de voz ripiada y puesta al calor de los rones de la madrugada, anunciaban, antes que las campanas del Salto del Cabrón, y los dolientes balidos del chivo defenestrado, que la virgencita liberal bajaría del cerro y había que cantar y celebrarla, ya los amigos no estábamos juntos.
Por las curvas empinadas del cerro, por los caminos tramposos, por la gruta que guarda milagros, por la bonga poderosa que soporta el cuerpo y la sombra eterna del ahorcado más anónimo del mundo a quien la cuerda no pudo quitarle su sonrisa angelical, subíamos mascando un trozo de caña de azúcar, los devotos del mundo.


Imagen: Grabado "El niño y la nube"(1969) de Francisco Amiguetti.
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Entrevista a Lucía Carvalho

-¿Te encontraste en una Fiesta equivocada?
Casi todas las fiestas a las que he ido han sido equivocadas. No por eso la he pasado mal, al contrario, pueden ser las mejores.

-¿Desde qué edad escribes?
Desde mis 12 o 13 años, no recuerdo muy bien.

-Sabemos que muy jovencita te publicaron en México, cuéntanos cómo lo hiciste
Yo seguía la página de Facebook de Errr Magazine y un día vi que buscaban colaboradores para su próximo número. Les envié unos textos y luego de meses me respondieron que me publicarían.

-¿Por qué le cambias nombres a tu Blog? ¿Cuántos nombres ha tenido?
Le cambié el nombre cada vez que sentía que el contenido era diferente. No borraba los textos pero cada cierto tiempo el blog se transformaba.

-¿Tu estadía en Francia y tus viajes han tenido alguna influencia en tu poesía?
Sí, ha sido una de las influencias más fuertes por la soledad. Nunca antes había tenido que convivir tanto tiempo sola conmigo misma.

-Hablando de influencias, todos los escritores las tienen, ¿cuáles son las tuyas?
Me encanta la poesía y narrativa escrita por mujeres. Mis favoritas son Sor Juana Inés De la Cruz, Sylvia Plath, Wislawa Szymborska, Blanca Wiethüchter, Alfonsina Storni, Clarice Lispector, Yana Luci Lema poeta quechua. También disfruto mucho la poesía de Frank Ohara y Fernando Pessoa. Otra influencia muy fuerte para mí es la música, escucho música todo el día y le presto mucha atención a algunas letras como las de Belle and Sebastián, The Smith y Violeta Parra.

-Eres de la generación virtual, ¿la Web, google y las redes sociales han tenido influencia en tu poesía?
Muchísima. La manera de comunicarse en internet es diferente y eso es algo que me fascina.

-¿Cómo te fue en la presentación de Fiesta equivocada? Sabemos que no fue algo rutinario.
Me gusta rodearme de amigas y para la presentación estuvieron tres poetas que admiro y quiero muchísimo, Patricia Gutierrez, Gigia Talarico y Alejandra Barbery. Luego hubo una fiesta con música de mis amigas Noni y Uma Illatarco.

-¿Estás escribiendo algo más? 
 Sí, ahora estoy tratando de escribir cuentos. Quiero explorar la narrativa. 


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19 de octubre de 2017

Los diarios de Piglia (Renzi)

Miguel Sánchez-Ostiz

Compré el segundo volumen de los diarios de Piglia, intenté leerlo y lo abandoné a medio camino. Me dije que después de haber intentado interesarme en el primero no repetiría intento, pero hace unos días compré el tercero, que termino de leer esta tarde y me digo que Piglia no es que me aburra, sino que no logro poner el interés necesario; pero veo que el ejemplar está ya plagado de acotaciones, subrayados, marcas, de muchos pasajes acertados dedicados a la escritura de diarios y otras (pocas) a los efectos de la represión de la dictadura militar argentina en el autor y su medio. Intento encontrar al autor en sus diarios y me tropiezo, en el peor sentido, con sus dificultades para escribir una novela que no he leído –me pasó lo mismo con los diarios de Donoso tan aplaudidos- y disquisiciones filosóficas que me superan, así que es culpa mía más que del autor, claro, que me cueste compartir el entusiasmo de la cátedra y su clero. Me interesan sus miedos, precauciones y empeños en poner en limpio sus diarios de muchos años porque son los míos, una tarea titánica, la mires por donde la mires, muy crepuscular, muy de ver o sospechar el final del camino «con su fea cara de rana patituerta», diría Boris Vian. Me interesa cuando me hace pensar en si la escritura de diarios necesita de un lector cómplice que no vea en ellos una sucesión de naderías y solo eso: «la experiencia confusa, sin forma y contingente de la vida».

Me han gustado unas líneas (páginas 194-195) en las que narra cómo está seleccionando unas páginas de su diario del año 1987 para mandárselas a un editor de Barcelona a propósito de «’la escritura del Yo’, que se basaba en la conocida tentación de revelar secretos de la propia vida, previamente acomodados al sentido común general»; un editor que «había creado una colección dedicada a ventilar las estupideces de la vida doméstica de los domesticados hombres de letras de las nuevas –y también de las viejas– generaciones.»


*Publicado originalmente en el blog del autor, Vivir de buena gana (19/10/2017)
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16 de octubre de 2017

La amistad: Variaciones (2)

Roberto Burgos Cantor

El cambio de paisaje dispersa.
Los ámbitos donde compartir estudios, lecturas, confidencias en voz alta, quedaban solos otra vez. Guardaban ripios de nuestras voces. Aquella quinta de dos plantas en las calles enfrente de la ermita del Pie de la Popa que terminaban en el cuerpo de agua que iba hasta Bazurto. Corría desde la muralla junto al Pedregal. A ella se había mudado la madre de Juan Espinosa después de vivir en una casa amable, de discreta arquitectura doméstica en San Diego.
La quinta tenía, en la habitación de Juan un estante donde tope con la novela Los idus de marzo, de Wilder. El encanto era el balcón sobre la fachada principal. Colindaba con el de la quinta de igual estilo de Rainero de la Vega.
Juan Bautista que, como dicen las bogotanas era una estampa de hombre, había empezado la amistad no exenta de enamoramiento, con una de las hijas del vecino. Eran dos. Bellas ambas: Gala y Magali.
En la admiración, lo acompañábamos Óscar Bertel y José Antonio Angulo. El anuncio de la visita era la voz de Jose que cantaba la Barcarola o recitaba a Bernárdez. Con la música y la poesía no trastabillaba su lengua a veces desobediente. Entonces salían las jóvenes. La imagen inolvidable se grabó un mediodía solar de caribe despejado. Magali y Gala salieron al balcón vestidas con bermudas, franelas de playa y unos gorros altos de piel peluda de oso siberiano. Años después los vimos en la película de Zhivago. Simulaban fumar unos cigarrillos delgados, café oscuro, de cilindro perfecto y largos. La sorpresa y la risa agregaron alegría. Nos regalaron un paquete con algún nombre indescifrable que leimos en una novela de Gogol.
Supimos que el arquitecto Rainero era comunista y traía de sus viajes a la Unión Soviética esos recuerdos para el museo de lo imposible.
La inminencia de abandonar el solar ocurría sin atenuantes. El colegio de La Salle hacía su ceremonia de grados en el teatro Cartagena, un día antes del bando que iniciaba las fiestas de noviembre. A quienes terminábamos nos ponían un anillo de oro y piedra roja con el escudo de la comunidad. Los hermanos cristianos los traían de un joyero italiano de Nueva York. Era una prenda linda que me robaron.
Apenas nos restaba la primavera en el trópico, diciembre. Y con suerte el revuelto de religiosidad y paganismo de las fiestas de la virgen de la Popa.

Imagen: Pablo Picasso, Grande Tête de Femme au Chapeau Orné, 1962
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