11 de agosto de 2017

El falso inca, de Roberto Payró


Claudio Ferrufino-Coqueugniot
a Pablo Mendieta Paz

Denver, Broadway Avenue. La calle explota en pubs, cafés, restaurantes fusión, tiendas de arte, de moda, ropa antigua. Nuestro destino usual está en la esquina con Bayaud: la pizzería neoyorquina Famous Pizza que visitamos por más de una década.

Pisos de madera, sillas y mesas simples. Algo de tinte no muy limpio, nada aristocrático, casi descuidado. Parece un rincón de Nueva York. Así lo creemos desde siempre y actuamos como tal mientras ordeno una de requesón y muzzarella con espinaca, la única pizza blanca, que adobo con ajo en polvo, cayena y orégano. Instantes de distracción, de traslado.

Luego a una librería de viejo donde en la sección de lenguas extranjeras encuentro un Onetti y el Fausto de Estanislao del Campo (pienso en Borges). Paso libros en chino, en ruso, serbocroata, y, escondido, con las tapas naranjas de Editorial Losada en impresiones pasadas, hallo a Roberto Payró que me mencionó Alicia Coqueugniot. El casamiento de Laucha, Chamijo, El falso Inca, novelas breves en ese orden y en un volumen, aunque la primera y la última preceden a Chamijo por 20 años. Sucede que en términos de historia, la más nueva debiera ser preámbulo de El falso Inca. De ahí la distribución.

La historia del pícaro Laucha me retorna a la literatura gauchesca, al inicio de mi vicio de lector, iniciado con Güiraldes y Guillermo House. Retrata la Argentina cambiante, luego de guerras que la asolaron por tanto tiempo. En sus páginas vive el criollo, entre el azar y el engaño, y comparte la gran soledad del llano con los primeros inmigrantes italianos que se insertaron en la pampa hablando un idioma a medias y mucho ahínco.

Pedro Chamijo, o Pedro Bohórquez como se hacía llamar, era sevillano y llegó a hacer la América en 1620. La enciclopedia dice que quizá fuera morisco o mudéjar, hecho que en la historia contada, por el tinte de piel, le serviría de algo.

Hechizó a muchos, varios de muy alto nivel como virreyes, con historias que afirmaban conocer la ubicación exacta de grandes tesoros, del Gran Paititi. Al fracasar en dos oportunidades resultó perseguido por sus auspiciadores y vivió a salto de mata. Termina afincándose, lo que es mentira en su irremediable nomadismo, en los valles calchaquíes del Tucumán casi 40 años después (circa 1656), utilizando el mismo argumento como otrora hiciese en Lima para encandilar la ambición de los pocos españoles del área. Decíales que el cerro Famatina, adorado por los indios, escondida minas tapiadas desde la muerte del Inca, Atahualpa, de envíos de oro y plata que se contaban para el rescate y que se escondieron al saberse el horrendo crimen contra el hijo del sol.

Este cerro encantado por los machis (brujos) mostraba riquísimas vetas de mineral que brillaban a lo lejos, pero al acercarse los extraños eran alejados por furiosas borrascas. Bohórquez afirmaba saber cómo encontrar esas minas explicando el sistema que habían seguido los nativos para ocultarlas en imposibles riscos. Así logró convencer al gobernador del Tucumán y conseguir el frágil apoyo de los desconfiados jesuitas.

A la par de congraciarse con los jerarcas españoles, indagaba en los pueblos indios acerca de la futura rebelión que se veía venir. Por cien años el valle calchaquí habíase turbado en revueltas que causaban temor y desasosiego en conquistadores y colonos. Claro que Chamijo, a quien ya conocían las tribus con el sobrenombre de Huallpa-Inca, incluso sabiendo que no descendía de Manco Capac, ni de “Sinchi Roca el valeroso, de Lloque Yupanqui, el zurdo, de Capac Yupanqui, de Inca Roca, el prudente”, ni “del gran Yaguar Huacac, el que lloraba sangre, de Ripac Viracocha, que anunció la futura llegada de nuestros nefandos opresores, del noble y denodado Titu-Manco-Capac-Pachacutec, perturbador del mundo, del heroico Yupanqui (…), del padre deslumbrador Tupac-Yupanqui, de Huaina Capac, el joven rico, conquistador de Quito y padre del sol de alegría Inti-Cusi-Huallpa, y del traicionado y atormentado Atahualpa (…)”, fue aceptado porque necesitaban un liderazgo que los condujese en unidad hacia el fin común.

Pícaro convertido por las circunstancias en ser trágico, jugaba a dos caras. Prometía el camino a la Ciudad de los Césares al gobernador, sabiendo que no existía, o no lo conocía. Ya descubierto el ardid y para evitar castigo, ofreció a cambio espiar entre indios para evitar la rebelión, mientras, al mismo tiempo, hablaba a los nativos del retorno a un incario que poco tiempo había tenido en la región y que había sido también combatido con denuedo, pero que servía para aglutinar a los alzados.

Payró dibuja el esquema rebelde con maestría; igual hace con los aterrorizados colonos que piden refuerzos desesperados a Lima, a Chuquisaca, a Buenos Aires. El estallido es inminente y cuando explota los valles se agitan en sangrienta turbulencia. Los indómitos Quilmes, “nunca vencidos, en sus mesetas frente al Aconquija”; “los Andalgalás, de junto a las salinas, los Acalianes del valle de Anucán, Los lejanos Lules del Tucumanhao”, los Diaguitas, los Escalonis, los terribles Calchaquíes, todos tras la figura endeble y sospechosa del Inca Huallpa que termina ofreciéndose a los castellanos a cambio de su vida. La historia no termina allí. Pasarán años y vendrá la forzada esclavitud, la muerte, el hambre. Las mujeres Quilmes se arrojarán a los abismos con sus hijos en brazos. Muchos serán expatriados a la pampa bonaerense donde desaparecerá su estirpe.

A Bohórquez lo llenan de cadenas en Lima. La reina regente, doña María de Austria, ordena que se obre conforme a justicia y gobierno. Dan garrote al reo, lo desmembran, y su cabeza “fue clavada en el arco del puente que mira al barrio de San Lázaro”.

03/10/16
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Publicado en TENDENCIAS (La Razón/La Paz), 16/10/2016

Imagen:

1 Oro incaico.

2 Sierras de Famatina

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